Por Pranada dasi
Indudablemente, el mundo toma nota de nuestra organización y, a este respecto, la Asociación para la Sociología de la Religión, (Association for the Sociology of Religion) me invitó a dar una conferencia en su encuentro anual en el año 1995, en Washington D. C.
Dina y Yamuna acaban de mostrarles el lado brillante de la conciencia de Krishna. Yo estoy aquí para contarles mi experiencia. De la charla de Yamuna podemos entender que Prabhupada trataba por igual a sus discípulos y discípulas. Como en todas sus relaciones, actuó de acuerdo con las enseñanzas de las antiguas y sagradas Escrituras, y fue un ejemplo para su movimiento internacional. Lamentablemente, algunos hombres en el movimiento para la conciencia de Krishna no siguieron el ejemplo de Srila Prabhupada con respecto a cómo tratar a las mujeres en ISKCON.
Me uní a ISKCON en 1975 tras una seria búsqueda de la verdad. Srila Prabhupada no iba a estar con nosotros mucho más tiempo y el acceso a él en ese momento era limitado. Aun así, yo estaba feliz de participar en el movimiento Hare Krishna. No podía pensar en una mejor manera de expresar mi agradecimiento a Srila Prabhupada por traer el conocimiento trascendental y jubiloso de Krishna, Dios, que tratar de compartirlo con otros. Y los demás se alegraban de recibirlo. El intercambio espiritual que experimenté al dar la conciencia de Krishna a otros fue tan maravilloso que decidí concentrarme exclusivamente en ese trabajo. En ese momento tenía pocas razones para interactuar con hombres en ISKCON, y no me daba cuenta de la situación que vivían otras mujeres en el movimiento para la conciencia de Krishna. Francamente, yo era joven, ingenua e inconsciente.
Pero las circunstancias de mi vida cambiaron. Pronto tuve un hijo y poco después me convertí en madre soltera. Acabé realizando tareas de administración, circulando en la jerarquía directiva de ISKCON dominada por los hombres. Mi posición y mis habilidades no se valoraban públicamente, y los hombres que se sentían especialmente amenazados trataron de apartarme de mis responsabilidades a través de la política. Al principio pensé que solo se trataba de un problema local, pero la situación se intensificó tanto que pronto quedó claro que los obstáculos que yo enfrentaba se debían a que era una mujer en ISKCON.
De pronto, un día tuve una visión impactante de lo torcida que era la situación para las mujeres en ISKCON. Esto fue a principios de los 80, y comencé a contemplar mis años en ISKCON y lo que había visto y experimentado. Tras examinar mis experiencias llegué a la conclusión de que el machismo en ISKCON no solo era prominente, sino que era un problema muy serio. Las condiciones de vivienda para mujeres en los diversos templos que visité eran casi todas inferiores a las de los hombres. A las mujeres no se les permitía dar clases. Siempre que se hablaba de las mujeres en las clases era inevitablemente para decir que eran menos inteligentes y objetos de disfrute que los hombres debían despreciar. De hecho, a finales de los años 70 y a lo largo de los 80 rara vez había una referencia positiva y sana hacia las mujeres en los foros públicos de ISKCON. Las constantes referencias negativas refiriéndose a las mujeres desarrolló una atmósfera social que solo podía conducir a problemas. Las mujeres tenían complejos de inferioridad que las llevaban al silencio y a la aceptación de relaciones poco saludables. A las mujeres se les prohibía participar en ciertas funciones de adoración del templo. Ciertamente, no vi a ninguna mujer en un puesto de responsabilidad administrativa que fuera más allá de la cocina, la guardería o el altar. En todas las esferas, las mujeres estaban excluidas por leyes tácitas instituidas por los líderes hombres. Y esas leyes no fueron establecidas por Srila Prabhupada ni apoyadas por las Escrituras. Más bien, tras indagar sobre la historia de la opresión femenina en ISKCON, entendí que esta había sido instituida y aplicada por los hombres en el movimiento Hare Krishna y solo fue contraproducente.
Empecé a hablar con mujeres que llevaban más tiempo en el movimiento Hare Krishna y me remonté a cuando se les obligaba a permanecer en la parte de atrás de nuestros templos y cuando se les impedía dar clases sobre las Escrituras. Se les impidió participar en los niveles administrativos del movimiento Hare Krishna. Vi y escuché acerca de los abusos a las mujeres en sus matrimonios, y cómo los hombres lo justificaban basándose en el entendimiento prevaleciente de que las mujeres eran poco inteligentes, indignas de confianza y meras posesiones.
A medida que continuaba investigando la historia y los acontecimientos actuales, me daba cuenta de la gravedad de la situación en ISKCON. Los problemas sociales de las mujeres, los niños y niñas y las familias eran innegables. La visión comúnmente aceptada de las mujeres en ISKCON las dejaba inseguras, sin ninguna autoestima y, según las palabras de un hombre que juzgó astutamente la situación, “sistemáticamente desempoderadas”. Vi numerosos matrimonios insanos; muchos no duraron. A algunas niñas no les gustaba ser niñas porque se les prohibía realizar ciertas actividades que les gustaban; y a los niños varones a veces se les castigaba haciéndoles permanecer en la parte de atrás con las mujeres, un destino muy embarazoso para ellos. Un día mi hijo de 10 años me dijo que no tenía que escuchar a su maestra porque era una mujer. No podía decir con absoluta exactitud lo rampantes que eran los problemas; apenas sospechaba que era algo muy generalizado debido a mis visitas a diferentes centros de ISKCON en todo el mundo y por estar en contacto con muchas personas en el movimiento Hare Krishna. Algo tenía que cambiar.
A partir de lo que había estudiado y conocía de las enseñanzas de Prabhupada, llegué a la conclusión de que las conductas machistas que experimentaba en ISKCON no se originaban en lo que Srila Prabhupada nos había enseñado con sus palabras y acciones, ni se sustentaban en las Escrituras. Las actitudes prevalecientes parecían ser un malentendido de cómo aplicar los principios de renuncia y separación del hombre y la mujer para el beneficio espiritual de ambos. Me dio la impresión de que ciertos hombres tenían su propio plan para escalar posiciones en ISKCON. Había algunos hombres que se tomaban en serio sus votos espirituales para renunciar al mundo, pero ignoraban las necesidades y derechos de los demás. Es posible que algunos de ellos incluso fueran machistas antes de unirse a ISKCON, pues parecía que la misoginia estaba muy arraigada en su interior, y algunos simplemente no parecían tener ningún sentido común sobre cómo aplicar las estrictas enseñanzas espirituales dentro de una estructura social de hombres, mujeres y niños.
Ya fuera que la razón de los problemas fuera inocente o profundamente calculada, me resultó imposible permanecer en silencio. Tenía que hablar en nombre de las muchas, muchas mujeres que no podían tolerar más las injusticias. No podía vivir negando la situación; me sentía absolutamente obligada a ser honesta, costara lo que costara. Y abordar la situación tendría un coste, ya que el statu quo estaba profundamente arraigado y se fomentaba de forma regular y sistemática. Si lo desafiaba me considerarían una hereje y me excluirían. A pesar de ser una sociedad internacional, ISKCON era en cierto modo muy unida; por lo tanto, me arriesgaba a sufrir importantes repercusiones sociales. La presión social era tal que ninguna otra mujer (u hombre) estaba dispuesta a hablar conmigo, aunque entre bastidores tenía simpatizantes.
Después de pensármelo mucho, en el año 1988 escribí una carta a una amiga. En esta carta señalaba los puntos que más me preocupaban y respaldaba mis declaraciones con citas de las Escrituras y ejemplos de la vida de Prabhupada. La carta circuló ampliamente en ISKCON y llegó a las manos de todos los líderes del mundo. Se tradujo a otros idiomas. Como era de esperar, atrajo antagonismo y algo de odio, y sí, me situó en el lugar de rebelde en el movimiento Hare Krishna. Pero yo había dado voz a cientos de mujeres que, poco a poco, fueron presentando sus historias más conmovedoras y expresando su profundo agradecimiento y alivio por el hecho de que por fin se hubiera iniciado el diálogo. Algunas personas tardaron años en sentirse lo suficientemente seguras como para dar la cara después de la difusión de mi carta.
Durante mucho tiempo, la carta que escribí en 1988 fue ampliamente ignorada. Era bastante fácil etiquetarme y dejar de lado el asunto. Pero poco a poco aumentó el apoyo de hombres y mujeres, y sin duda al menos se inició el diálogo. Algunas conversaciones eran negativas y otras eran positivas; aun así ciertamente abrieron el camino para los cambios.
Tenía la opción de ser paciente. Comprendía que las situaciones sociales arraigadas tardan en cambiar. El ambiente que existía para las mujeres aún no me permitía hacer cambios de otra manera que no fuera imponiendo el diálogo sin confrontación. Pero las cosas iban demasiado lentas; los hombres en posiciones de liderazgo estaban demasiado dispuestos a mantener el statu quo. De hecho, cuando pedí al máximo órgano de gobierno que la legislación de ISKCON incluyera resoluciones que incluyeran a las mujeres en diferentes actividades de la Sociedad, recibí la respuesta de que no era necesaria ninguna ley ya que no existía ninguna ley que lo prohibiera. Así que las leyes no escritas continuaron reinando.
El diálogo parecía estar perdiendo un poco de fuerza, así que en 1990 comencé un boletín internacional para examinar los temas sociales en ISKCON. Mi misión editorial era crear un diálogo franco y sin censura, pero maduro, que llegara a los altos cargos directivos y permitiera a las personas de base expresarse, algo que no existía en aquel momento. La tirada aumentó rápidamente y empezaron a participar personas de todas las edades y de todas partes del mundo.
El diálogo promueve la toma de conciencia y la educación. Cuando hay diálogo existen oportunidades de aumentar la comprensión. S han producido muchos cambios desde que comenzó el diálogo sobre las mujeres en ISKCON en el año 1988. ISKCON todavía tiene una larga distancia que recorrer hasta lograr tratar adecuadamente as las mujeres, pero la situación ha mejorado mucho. Hay una gran esperanza para un mayor cambio, y ese cambio se tiene que instituir de manera uniforme en todos los centros. En este momento, no todos los templos abrazan los cambios o la visión adecuada sobre la mujer y la familia.
Pero hoy en día, si entras en un templo de ISKCON, puedes encontrarte con una mujer presidenta de templo o escuchar a una mujer dando la clase. En algunos templos puedes escuchar a una mujer dirigiendo el canto de oraciones sagradas. Al menos una mujer se sienta en la junta directiva más alta de Norteamérica, aunque todavía no se les permite sentarse en el órgano internacional más alto. Esto era inaudito hace diez años.
Mi experiencia no me hizo perder la convicción de que el camino que había elegido era el correcto y el que quería seguir de por vida. Actualmente sigo practicando la conciencia de Krishna, aunque ya no vivo en un templo. He trabajado en la sociedad convencional durante los últimos 10 años y soy propietaria de una imprenta internacional. Tengo una relación cálida y satisfactoria con mi segundo marido desde hace diez años. He disfrutado viendo crecer a mi hijo, que ahora tiene casi 18 años. Y, como se pueden imaginar, estoy profundamente satisfecha de ver los cambios positivos para las mujeres en ISKCON. Espero ver más; son necesarios.
Y si puedo ser parte de ayudar a impulsar esos cambios, me sentiré honrada.

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