Por Jagannatha Krishna dasa
Uno de los puntos a favor de los hombres es su caballerosidad, que se caracteriza por la religiosidad, la moralidad, la cortesía, el honor, el valor, la justicia y la disposición de ayudar a los más débiles. ¿Quién de nosotros, hombres occidentales, quiere ser considerado como poco caballeroso? Me atrevería a decir que ninguno. Sin embargo, a diario, la mayoría de los hombres del movimiento ISKCON participan en una institución que perpetúa una mentalidad descortés: relegar a la parte de atrás de los templos a toda la población femenina.
Algunos dirán: “Oh, estás alterando la cultura védica”, o, “ese es el estándar védico”. Pero en mis viajes por toda la India, norte, sur, este y oeste, nunca he visto una pizca de evidencia que respalde este concepto. En Udupi, los hombres y las mujeres tienen el mismo acceso a la Deidad; en Tirupati; en Jagannatha Puri (aunque no lo he visto personalmente); en Trivandrum, el acceso es igual; en Sringaram, lo mismo; en Dvaraka he visto que las mujeres y los niños y niñas tienen prioridad; en Guruvayur, la tradición de igualdad entre hombres y mujeres también se mantiene. Sin embargo, en el Krishna Balarama Mandir, el baluarte representativo de la Brahma-Gaudiya-Vaishnava-Sampradaya, hacemos algo completamente diferente. Hace algunos años le pregunté a un sannyasi en Mayapura, Bhakti Vidya-purna Swami: “¿De dónde salió esa norma? ¿No es védico, verdad?” Su santidad me respondió: “No, en realidad no. Esto viene de los musulmanes”. Y de repente recordé que lo había presenciado en mis viajes por el sudeste asiático: las mujeres son entrenadas casi como posesiones, sin derechos, confinadas en la periferia de las mezquitas, fuera de la visión y básicamente, fuera de la mente. El único precedente cultural que puedo encontrar para este hábito particular no es védico, ni hindú, ni siquiera occidental, sino que es islámico y no es digno de ser seguido. Entonces, realmente, ¿quién está alterando la cultura védica?
A pesar de haber buscado concienzudamente, no he visto ninguna declaración shástrica definitiva que respalde esta pretensión de acorralar al sexo femenino lejos del darshana. No aparece en ninguno de los libros de Srila Prabhupada, en ninguna de sus conferencias ni en ninguna de sus cartas. Así que he dejado de buscar.
Lo que sí he encontrado es una gran cantidad de declaraciones filosóficas y personales de Srila Prabhupada que apoyan lo contario. Más adelante compartiré las declaraciones correspondientes.
Otros se quejarán de que no hay suficiente espacio y que el diseño del templo no es apropiado para que tanto hombres como mujeres estén en la parte delantera del templo. Sin embargo, en varios templos alrededor del mundo las personas devotas comentan que los kirtans extáticos ocurren frecuentemente donde existe una división justa y los residentes dicen que no pueden concebir que sea de otra manera. (Como en el caso de New Mayapur, donde el espacio de las mujeres es mayor que el de los hombres). Durante el harinama-sankirtana en las calles de Londres y de otras ciudades, me he dado cuenta de que los kirtans más extáticos son aquellos en los que se camina de dos en dos. En esos momentos estamos tan animados y absortos en el santo nombre, que ni los obsesionados se preocupan de que las mujeres estén a un lado y los hombres al otro. En algunos templos de Italia, a las mujeres se les protege enviándolas al frente, junto con los hombres, donde pueden también escuchar el kirtan, y al parecer esto aumenta la satisfacción de los transeúntes. En cambio, son incontables las veces en las que me han preguntado: “¿Oye, en tu movimiento no hay mujeres? Oh… ¿y por qué ellas están en la parte de atrás?”, mientras un grupo de mujeres acobardadas y tímidas son marginadas a la sombra de los brahmacaris desatentos… Se trata de otro duro revés inconsciente y autoinflingido que damos a nuestros deseos sinceros de compartir el santo nombre con los demás.
La mayoría de las personas occidentales que no pertenecen a ISKCON estarán de acuerdo en que el negar que las mujeres y las niñas tengan el mismo acceso a las Deidades se trata de puro machismo. ¿O creemos que somos tan superiores al mundo secular que podemos ignorar sus críticas? A estas alturas, ¿podemos permitírnoslo? ¿Acaso la filosofía de Srila Prabhupada no busca adoptar costumbres sociales beneficiosas para evitar que haya disturbios en la prédica? Y en el contexto de los valores sociales modernos, desplazar a las mujeres a la parte de atrás, en un nivel inferior de la sociedad, es propio de una sociedad arcaica y destructiva que no permite fomentar la pureza—como está previsto—sino que interrumpe lo que podría ser un clima dedicado al amor, la camaradería y la amistad en el templo. Sin esto no será posible atraer nuevas personas devotas.
Puede que algunos se pregunten: “¿Separar a los hombres y a las mujeres interrumpe el ambiente de pureza? Debemos mantener a los brahmacaris y a las mujeres separados”. Algunos afirman erróneamente que los brahmacarisson la espina dorsal de ISKCON y que por esa razón debemos separarlos. Por supuesto que estamos de acuerdo con que debe haber separación entre hombres y mujeres, pero eso no significa que durante el kirtan las mujeres tengan que estar mirando la espalda de los hombres que bailan dando vueltas, quienes también pueden ser vistos como objetos de los sentidos; y algunos de ellos parece que se dan particularmente cuenta de la presencia de las mujeres. La separación no implica forzosamente esconder a Sus Señorías de la vista de las mujeres. Si yo estuviera en la piel de una mujer, me sentiría menospreciada.
También me relaciono con muchas mujeres dentro y fuera de ISKCON. Por ejemplo, con mi hermana, Kirsten, que acaba de terminar su doctorado en biología vegetal y botánica en la Universidad de Austin, Texas. Hace algunos años, después de haber visitado el templo Boston, me dijo: “Aprecio tu filosofía y estoy de acuerdo con lo que dices, pero el trato hacia las mujeres hace que todo quede como una farsa. No quiero ser grosera, pero pienso que las mujeres son iguales a los hombres, tal vez no en cuanto a habilidades, pero sí en cuanto a oportunidades, y sin embargo parece que estén negando lo obvio con esa política de arrinconar en la parte de atrás a las mujeres”.
Kirsten está casada, es vegetariana, no bebe ni fuma, cree en la reencarnación, en el karma y en una Deidad personal. Ella es la candidata ideal para aceptar el servicio devocional, pero jamás vendría al templo. ¿Por qué? Tengo otro ejemplo de una conocida en San Diego, Rebeca Hickox, graduada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, abogada en ejercicio y madre. Ella le contó a Krishna Kumari dasi, mencionada en el último ejemplar de la revista Priti-laksanam, que varias de sus colegas mujeres le habían comentado sobre su interés en la conciencia de Krishna, pero que “todas ellas dudan en ir o involucrarse en el templo porque ven la discriminación en contra de las mujeres”.
En su carta a KK dasi, del 11 de enero de 1999, escribe: “El tema que cuestionan con más frecuencia las personas de afuera es ¿por qué, durante el arati, las mujeres están en la parte de atrás del templo? Diversos visitantes que he traído en diferentes ocasiones (estudiantes, abogados, mi madre, mi hermano) y otras personas que me han hablado del movimiento Hare Krishna me han mencionado este fenómeno como algo que les preocupa de la conciencia de Krishna. El hecho de que las mujeres se encuentren en la parte del atrás del templo es una indicación de que en el movimiento Hare Krishna las mujeres son discriminadas… Finalmente, fomentar una separación artificial entre hombres y mujeres no ha impedido que las personas devotas caigan. Ha habido una gran cantidad de asuntos ilícitos incluso entre personas devotas que ocupaban su lugar designado, ya fuera en la parte delantera o trasera del templo. En este contexto, Krishna Kumari también menciona a otro devoto, Allen Rider, un joven inteligente con el que yo conversé durante varias fiestas de domingo. Allen es un periodista del famoso periódico Beach and Bay Press de San Diego, y lamenta que su novia no quiera regresar al templo debido a esta discriminación. Se trata de un pequeño ejemplo, pero en mi opinión es devastador.
Para aquellos de nosotros que estamos interesados en incrementar la prédica, ¿acaso no les parece que este es un punto de partida justo?
Srila Prabhupada decía: “Para Dios no hay discriminación. Mujeres y hombres tienen el mismo derecho de volverse piadosos y regresar con Él”.[1] “No importa si alguien es una mujer o pertenece a la clase mercantil o si es sudra. Eso no importa. Krishna abre el sendero para todo el mundo.[2] El progreso espiritual general del Estado y de la comunidad depende de la castidad y la fidelidad de sus mujeres… Entonces tanto mujeres como niños deben protegerse… Cuando las mujeres se ocupan en diferentes prácticas religiosas, no se desvían ni cometen adulterio”.[3] De estas afirmaciones se deduce que la principal responsabilidad de los hombres y líderes de cualquier sociedad, incluso la de ISKCON, es proteger a las mujeres ofreciéndoles la máxima entrega a actividades espirituales. De ahí mi firme convicción que la responsabilidad de los administradores de ISKCON es cuidar a todas las personas, sin importar su sexo o clase, y protegerlas para que puedan hacer el mayor avance espiritual, lo que abarca, indiscutiblemente, permitir el mismo acceso a la misericordia del Señor. Srila Prabhupada escribe en el Cuarto Canto: “Gracias a esa protección, las mujeres son siempre una auspiciosa fuente de energía para el hombre.”[4]
¿Qué valores estamos inculcando a nuestros hijos e hijas? Los hombres crecen sintiendo que es correcto desplazar a la parte de atrás a sus pares femeninas. A menos que lo rectifiquemos, en los próximos años los estudiantes del gurukulallevarán esta actitud condescendiente al mundo exterior. (Esto es contrario a lo mínimo que aspiro para ser un caballero y a lo que mis padres y maestros me enseñaron cuando era un niño). Además, inconscientemente se adoctrina a las niñas a que su autoestima se degrade gradualmente y a que se habitúen a ver el abuso y la falta de respeto como si fueran normales y aceptables. Los psicólogos y analistas occidentales modernos denominan a esto “codependencia aprendida”, un patrón de comportamiento inconsciente que genera una imagen auto infligida y artificial de percibirse a sí mismo merecedor de abuso o de justificar un trato duro y emocionalmente disfuncional. Todos hemos experimentado cómo nos habituamos a ese comportamiento y las relaciones donde las ponemos en práctica.
Negar a los niños que no están en una plataforma espontánea el acceso normal a las Deidades es una forma de violencia. A lo largo del día la mayoría de niños y niñas no regresan al templo para ver a Krishna, así que el kirtan de la mañana, sin japa, es todo lo que tienen para el resto del día. ¿Debemos forzarlos a permanecer en el templo con la mirada fija en los brahmacaris danzarines y no en Sus Señorías adorables? Esa es una desgracia que no quisiera para mis hijos. ¿Sorprende entonces que muchas mujeres abandonen el templo? ¿Debemos privar a nuestros hijos e hijas del gusto por el servicio a los pies de loto de Radha y Krishna que tanto necesitan y merecen? ¿Tenemos derecho a negar a las niñas del gurukula la cercanía a las Deidades? ¿Qué recuerdo tendrán sus cerebros fértiles a lo largo de sus años de formación en los que son frágiles y vulnerables? ¿De qué manera crecerán fuertes como las almas puras que necesitamos que sean? Si ignoramos sus necesidades, no colaborarán en la lucha por el desarrollo del movimiento.
Otro escenario posible producto de esta norma prevalente en el templo es que los hombres y las mujeres se ignoren entre ellos. Eso también es patológico. Como predicadores distribuimos libros, recibimos a invitados, cantamos en el harinama-sankirtana, enseñamos en la escuela, cuidamos a nuestras familias, etc., y no podemos ignorar a la mitad de la comunidad solo porque sus cuerpos son del género opuesto. Tenemos que apoyarnos, entusiasmarnos y ayudarnos unos a otros, sin un exceso de familiaridad.
Hemos escuchado que, en una sociedad sana, los hombres necesitan el respeto de sus pares femeninos, pero no lo conseguirán de una población a la que insisten en faltarle sistemáticamente el respeto.
El Señor Kapiladeva advierte brevemente en el capítulo 29 del Tercer Canto del Bhagavatam, que aquellos que no pueden ver a la Superalma en cada ser vivo es porque envidian el cuerpo de los demás. Estas personas crean divisiones artificiales y especulaciones mentales, y generan una mentalidad separatista que engendra falsas amistades, y a su vez, los falsos amigos llevan a una mentalidad completamente perturbada. El Señor dice: “Esa persona nunca puede complacerme a pesar de adorarme con opulencia en su templo”. Si nos consideramos por encima del concepto corporal, entonces tratemos de empezar a demostrarlo en la práctica. Démonos una oportunidad. Posteriormente, en el Cuarto Canto, capítulo 3, texto 21, el Señor Shiva le dice a Sati: “Aquel que actúa movido por el ego falso siempre está afligido, tanto mental como físicamente, y no puede tolerar la opulencia de las personas autorrealizadas. Incapaz de alcanzar el nivel de autorrealización, siente tanta envidia por esas personas como los demonios por la Suprema Personalidad de Dios”. El grupo de palabras que se usan aquí son hrda-atura-indriyah, que se traducen literalmente como “enemigos del corazón, producto de la sensualidad”. Aunque aquí se refiera a Daksha, un devoto, y parezca que sea una correlación remota, cuando tratamos de quitarle algo a una persona devota, grande o pequeño, joven o mayor, hombre o mujer, es una muestra de envidia—burda o sutil. Según el Señor Shiva, envidiar a una persona devota es envidiar a Krishna: param padam dvesti yathasura harim.
En palabras de nuestro pandita local, Rohininandana prabhu: “En nuestra comunidad hay un problema de machismo que considero un obstáculo para nuestra prédica. Antes de que podamos empezar a corregir este problema, debemos arrepentirnos de ser parte de él, y antes de arrepentirnos tenemos que darnos cuenta de que este problema realmente existe”.
Tal como sugiere el título de mi conferencia, según las enseñanzas de Srila Prabhupada y el paradigma de la sociedad sana que él nos ofreció, ¿acaso no ha llegado momento de que reevaluemos nuestros conceptos de lo que significa ser una madre?
En una caminata matutina en Nairobi, el 30 de octubre de 1975, un devoto explicó a Srila Prabhupada la actitud de algunos de los hombres ante el hecho de cantar cuando hay mujeres presentes:
Devoto: A lo que me refiero es a que él dice que no quiere cantar en el templo cuando hay mujeres. Esto lo he visto antes. Él dice: “No quiero cantar en una habitación donde hay mujeres. Prefiero estar alejado de las mujeres”.
Srila Prabhupada: Eso significa que él diferencia entre hombres y mujeres. Él no es un pandita. Pandita significadarsinah. Él es un necio. Eso es todo. Él es un necio. Entonces, ¿qué valor tiene su palabra? Él es un necio. Debería pensar: “Hay una mujer, está bien, ella es mi madre”. Eso es todo. Matrvat para daresu. Imagínate que te sientas a cantar con tu madre. ¿Cuál es el problema? Pero si él no es suficientemente fuerte entonces debería irse al bosque. ¿Para qué vivir en Nairobi? En las calles hay muchas mujeres. ¿Cerrará sus ojos cuando camine por las calles? (Risas) Eso es una bravuconada. Son todos unos sinvergüenzas. No son devotos, solo son sinvergüenzas.
En el Reino Unido, al cambiar el lugar que ocupan las personas devotas en el templo—es decir, en lugar de que hombres y mujeres compartan el espacio lado a lado, las mujeres pasan a ocupar la parte de atrás después del gurupuja—hace que mi conciencia cambie sutilmente. En lugar de ver a mis hermanas espirituales y tías como mis madres, merecedoras de protección, justicia y acceso igualitario al Señor, paso a tratarlas con burla, condescendencia y bajo el concepto corporal. Es como si apagara un interruptor. Ahora las veo como mujeres, en cuerpos de mujeres, no como mis madres. Estoy seguro de que nunca enviaría a mi madre a la parte de atrás del templo. Si quiero practicar lo que predico, pandita sama darshina, ¿qué mejor lugar para comenzar que en la mañana, en compañía de nuestros familiares y compañeros de lucha en el templo? Cuando los brahmacaris salen a predicar, ¿acaso no tienen que acercarse a las mujeres, tratarlas con atención y escucharlas educadamente, en una actitud caballerosa? ¿Y cuántas veces he visto a esos mismos predicadores regresar al templo y dejar que las puertas se cierren en la cara de las mujeres? ¿U obligarlas a sentarse en el suelo sucio de la camioneta del harinama mientras que ellos viajan cómodamente en los asientos? ¿Y relegarlas en la parte de atrás del grupo de harinama, donde están más inseguras? ¿Cuántas veces he visto a los brahmacaris predicar en las calles sobre estereotipos de igualdad y luego, en el templo, cuando tienen la oportunidad de servir a las mujeres, se niegan a hacerlo, hablan de ellas o con ellas con desdén mientras las empujan a la parte de atrás del templo? Para mí, esto no es lo que Srila Prabhupada quería. Es completamente vergonzoso.
Una vez una devota me dijo: “¿Por favor, podrías decirle a ese devoto que tengo un nombre y que soy una persona? Me saludó con desdén como si yo fuera un trozo de carne o cualquier otra cosa y dijo… ‘Cuando termines, dale las llaves a esa mataji’. Odio que me llamen mataji; me hace sentir como algo sucio”.
¿Cómo es posible que, después de doce años en el movimiento Hare Krishna, esta desafortunada señora relacione dos términos aparentemente ambivalentes: carne y mataji? Puede que sacudamos los hombros con una actitud machista, como hacemos frecuentemente, y digamos: “Oh, solo está alterada. Que se case y verás qué rápido lo supera”. Es posible que digamos que es algo distendido y retrógrado, una actitud enraizada tras años de malas condiciones. Pero ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que la palabra mataji genere rechazo? Una predicadora de tiempo completo, sin antecedentes de problemas o de caídas, equipara a un pedazo de carne con mataji. Por muy amargas que sean las uvas, para mí esto representa un síntoma de lo que vengo escuchando por parte de muchas personas devotas, no solo por parte de las mujeres: los hombres no tenemos la menor idea de lo que significa honrar a nuestras madres. Es como darle un mal nombre a un perro y ahorcarlo: “mujer lujuriosa”, “mataji perturbada” o “mujer soltera significa mujer desequilibrada”. Este es un ejemplo de lo que sucede cuando las mujeres no se sienten protegidas. Sin darnos cuenta las enloquecemos y luego las llamamos locas.
Ver a las mujeres de esa manera distorsionada y destructiva hace que también se genere mala voluntad e inestabilidad en nuestras familias. ¿Existe relación entre la formación caótica y a veces misógina de nuestros brahmacaris y el terrible fracaso de la institución del matrimonio? Estoy convencido de que sí la hay y es directa. Nos gustaría establecer un patrón e inspirar a que las otras religiones nos sigan, pero lamentablemente tenemos más culpa que los “karmis” de los que nos burlamos con aires de superioridad. Ver a las mujeres como nuestras madres evoca respeto, veneración y preocupación, y un brahmacari entrenado apropiadamente, logrará naturalmente y sin esfuerzo que sus compañeras devotas se sientan apreciadas, respetadas y cómodas, condición necesaria para que una mujer normal ejerza sus virtudes naturales de humildad, ternura y servicio.
Srila Prabhupada dijo: “La protección a la mujer es lo que mantiene a una sociedad casta…”[5]. ¿Cómo nos permitimos faltarle el respeto a nuestra madre? Es un suicidio espiritual y social. “… Incluso por insultarlas acortamos la duración de la vida”[6]. Espiritualmente hablando, dependemos de las mujeres de diferentes maneras, así que la etiqueta vaishnava no las excluye.
No es necesario que diga que la mayoría de nosotros en Occidente no hemos tenido nunca una formación o idea de lo que significa honrar adecuadamente a nuestras madres, por lo que no es sorprendente que traigamos nuestra negligencia—y a menudo nuestro desprecio—por nuestras madres originales a nuestras relaciones con las devotas.
Los hombres siempre nos enorgullecemos de cuán inteligentes somos y de cuántas veces más lujuriosas son las mujeres, de cuán difícil es practicar la vida espiritual en el cuerpo de una mujer, etc, etc. Entonces, siguiendo los códigos de la caballerosidad mundana, ¿no deberíamos dar prioridad a las mujeres para que reciban el darshana? ¿No se les debería permitir que vayan primero, teniendo en cuenta su desventaja? Eso es lo que he visto en India y no lo contrario. A menudo los hombres se ubican atrás, con admiración o desánimo, cualquiera que sea el caso, mientras que las mujeres se sientan y cantan juntas ante la Deidad, dirigiendo y respondiendo con intensidad los cantos devocionales. Lo he visto en muchos templos de Jaipur, como en los templos de Radha-Govinda Mandir y Radha-Gopinatha, y en el templo de Dauji cerca de Mathura, en el templo principal de Varshana y en el templo Srinathaji en Nathdwar. Reitero, en ningún templo, aparte de ISKCON, he visto que a las mujeres se las ponga en la parte de atrás. Tampoco en las Iglesias cristianas, en las que las divisiones de los bancos se prestan bastante bien para la segregación, no se ve a las mujeres arrinconadas en cualquier lugar (excepto a la hora de recibir la comunión, y en ese caso son las primeras en la fila, si eres católico). ¿Son ellos los que están en una plataforma corporal o somos nosotros?
La siguiente es una evidencia histórica directa y específica a favor de la igualdad, citada en la revista Priti-laksanam:
“K. dasi, que entró al Movimiento Hare Krishna en Denver en 1973, tenía algunas experiencias interesantes que compartir. Cuando ella ingresó, había un ambiente consciente de Krishna en el que hombres y mujeres trabajaban juntos en cooperación y con dedicación para promover la misión de Srila Prabhupada. Durante el kirtan hombres y mujeres se ubicaban unos al lado de las otras, con un pasillo en medio que los separaba. A las mujeres se las incluía para la adoración del mangala arati y demás actividades. Ella contaba que hasta donde sabía, a nadie le parecía mal ese estándar, y ella dijo que las mujeres eran casas, ni frívolas ni escandalosas. Kurukshetra Prabhu era el presidente del templo. En ese tiempo Satsvarupa Maharaja pensaba que ese era el mejor templo consciente de Krishna en Norteamérica y solía invitar a Srila Prabhupada, y él venía.
Lo que vino después de esto es típico de lo que sucedió una y otra vez en los templos de Estados Unidos entre 1974 y 1975. Para muchas, muchas mujeres, esta experiencia fue un error tan grave como el de colocar grandes vyasasanas para los discípulos de Srila Prabhupada en los templos alrededor de mundo. Srila Prabhupada llegó con un séquito de hombres del GBC, sannyasis y otros líderes. Ella contó que una vez que entraron, los líderes que rodeaban a Prabhupada inmediatamente le dijeron al presidente del templo que las mujeres deberían estar en la parte de atrás del templo. También contó que la actitud de los sannyasis era de frustración, ira y resentimiento, la misma actitud que se empleaba para mantener a los afroamericanos en la parte de atrás de los buses. La esposa del presidente del templo se acercó a Srila Prabhupada y humildemente se quejó diciendo que ellas no eran mujeres védicas, que no estábamos habituadas a hacer eso. Srila Prabhupada dijo ‘No. No. Esto no es necesario. Las damas no deben estar en la parte de atrás”. Srila Prabhupada les ordenó esto a los líderes que lo rodeaban y las mujeres recuperaron su lugar delante del altar, al lado de los hombres.
Tan pronto como Srila Prabhupada se fue, los sannyasis que quedaron ordenaron inmediatamente al presidente del templo que pusiera a todas las mujeres en la parte de atrás del templo. K. dasi cuenta que Kurukshetra Prabhu no quiso obedecerlos, pero finalmente accedió con la idea de respetar a las “autoridades superiores”. Pueden preguntárselo a docenas de personas devotas que vivían en esa época en los templos de toda Norteamérica. Esta fue la manera abrupta en la que los líderes “introdujeron” el estándar de que las mujeres pertenecían a la parte de atrás de los templos. No encuentro ninguna referencia o información en la que Srila Prabhupada quisiera que las mujeres estuvieran atrás…”.
Eventualmente K. dasi se sintió tan desanimada que dejó el templo de Denver y se mudó al de Los Ángeles, donde sirvió durante los siguientes siete años. En una famosa carta para Ekayani dasi, fechada el 3 de diciembre de 1972, Srila Prabhupada volvió a rechazar enfáticamente los intentos desviados de impedir el acceso de las mujeres a las instalaciones del templo: “No entiendo por qué se están inventando estas cosas. ¿Acaso esa es nuestra única ocupación, inventarnos reglas nuevas? Ya tenemos nuestro estándar vaishnava. Es suficiente para Madhavacharya, Ramanujacharya, y fue suficiente para el Señor Caitanya, los Seis Goswamis, para Bhaktivinoda Thakura, para mi Guru Maharaja Bhaktisiddhanta Sarasvati, para mí, para todos los grandes, grandes santos y acharyas de nuestra línea. ¿Por qué es inadecuado para mis discípulos hombres, hasta el punto de inventarse algo nuevo? Eso no es posible. ¿Quién ha aprobado estas cosas de que las mujeres no pueden cantar japa en el templo, no puedan hacer el arati y muchas otras cosas más? Si los brahmacaris se agitan, entonces que se vayan al bosque. Yo nunca aprobé estas cosas. Si los brahmacaris no quieren estar en el templo en presencia de las mujeres, entonces deben irse al bosque en vez de estar en la ciudad de Nueva York, porque en Nueva York hay muchas mujeres. ¿Cómo van a evitar verlas? Lo mejor es que se vayan al bosque para que no vean a ninguna mujer, ya que se agitan tan fácilmente. Pero entonces nadie los verá, y ¿cómo llevaremos a cabo nuestra labor de prédica?”
Si Srila Prabhupada fue tan severo e intransigente con relación a que las mujeres cantaran japa en el templo con los hombres, puedo asegurarles sin la menor duda que él habría mantenido el mismo estándar de derechos para las mujeres con relación a tener el darshan de la Deidad o participar en el kirtana.
¿Quién tiene derecho a legislar y perpetuar una desviación de las instrucciones de Srila Prabhupada tan severa que personas devotas e invitadas, hombres y mujeres por igual, evitan venir al templo, abandonan rápido el kirtana y terminan disgustados y amargados durante años? Srila Prabhupada dijo: “Nuestros líderes deben ser muy cuidadosos para no matar el espíritu entusiasta de servicio, que es individual, espontáneo y voluntario”.[7]
Prabhus, por favor, con toda seriedad piensen cuidadosamente sobre este tema y pónganse en la piel de las mujeres que se sienten de esa manera.
Finalmente, y dejando a un lado toda política, filosofía y precedentes históricos, Srila Prabhupada dijo: “Si simplemente predicamos, todos los problemas se resolverán a su debido tiempo”.[8] Si nos molesta la presencia de las mujeres a nuestro lado durante el programa de la mañana, recuerden que ellas también nos ven. Todos tenemos necesidades específicas, pero si al menos somos ligeramente conscientes de las necesidades de los demás y aprendemos a respetarlos, entonces no habrá lugar para sectarismo, partidismo, separatismo o envidia.
Por favor, disculpen mi charla pedante e interminable. Siento mucho hablar de manera tan contundente y con aires de superioridad. Al hacerlo, estoy predicando de este asunto tanto a mi mismo como a cualquier otra persona. Espero que no consideren mi lenguaje imperfecto y belicoso, y consideren de manera objetiva los asuntos que les he presentado.
Gracias por su paciencia. Hare Krishna.
[1] Clase del Bhagavatam 5.5.2, Johannesburgo, 22 de octubre de 1975
[2] Clase del Bhagavatam 4.21.33, Nueva York, noviembre de 1968
[3] Bhagavad-gita, significado
[4] Srimad-Bhagavatam 4.21.4, significado
[5] Bhagavatam 1.8.5, significado
[6] Ibíd.
[7] Carta a Karandhara, 22 de diciembre de 1972
[8] Carta a Tamal Krishna Gosvami, 21 de enero de 1976

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