Por Sita devi dasi
Sabemos muy bien que los hombres y las mujeres somos diferentes y que nuestras contribuciones a la sociedad también lo son. Estas diferencias específicas pueden ser fuente interminable de debate y discusión, y puede ser que en algún momento sea útil hablarlo. Pero creo que, por encima de esas diferencias, los hombres y las mujeres de ISKCON tenemos algo mucho más importante en común: en conjunto formamos la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna. Y esto no es poco.
Que en nuestra sociedad los hombres y las mujeres se enfrenten física o emocionalmente unos contra otros simplemente nos está cansando a ambos y, en algunos casos, incluso hiriéndonos mortalmente. Necesitamos bajar esta espada que nos divide y sanar nuestras cicatrices de batalla.
El asunto no es “un tema de las mujeres” ni “un problema de los hombres”; es algo que nos afecta a todos por igual. Y al final, será lo que más lastime a la sociedad de ISKCON, más de lo que nos pueda perjudicar individualmente. No solo daña las relaciones interpersonales, si no que también daña la imagen que damos al público.
De la misma manera en que la poeta contemporánea, Anna Waldman, escribe:
El problema contigo
Es el problema conmigo
El problema de pensar que somos tan diferentes
El problema es cómo percibimos…
Creo que la raíz de esta guerra de géneros que enfrentamos es un problema de relación y comunicación en todos los frentes. Es poco común encontrar alguna persona devota que haya dejado ISKCON porque haya perdido la fe en Srila Prabhupada o Krishna. La mayoría de los apóstatas dicen que sus relaciones con otras personas devotas se arruinaron y, por ende, se desanimaron.
Recientemente, un investigador académico en Estados Unidos hizo una encuesta sobre los numerosos movimientos religiosos nuevos. En su conclusión presentó que, aunque ISKCON tiene la base filosófica más sólida, carece de calidez y cercanía en sus relaciones interpersonales.
Esto se revela de muchas maneras y se manifiesta como exclusivismo. Sin duda alguna, la mayoría lo hemos experimentado de un lado o del otro en una situación o tiempo determinados: las personas sankirtaneras son superiores a los pujaris; los sannyasis son más avanzados que los padres de familia; los discípulos de Srila Prabhupada son diferentes de los nuevos reclutas. Y la lista continúa: dividimos a las personas devotas en jerarquías de buenas y malas, nosotros y ellos, correctos e incorrectos. Esto promueve desconfianza, desprecio y miedo. No se basa en el amor y la confianza desde los cuales Srila Prabhupada quería que actuáramos.
No pretendo desafiar a nadie. Mi motivo es contribuir a que nuestra sociedad aprenda de sus errores pasados. De hecho, es extremadamente doloroso revelar experiencias personales y situarme en una posición vulnerable.
Entre nosotras, mujeres, nos resulta fácil quejarnos de las circunstancias actuales; a veces incluso nos reírnos de la ridiculez de algunos hechos del pasado. Pero cuando nos atrevemos a llamar la atención de nuestras autoridades corremos el riesgo de ser etiquetadas de feministas. Algunas de nosotras lo intentamos y nuestras vidas se han vuelto aún más insufribles. Debido a que nuestra idea es vivir el resto de nuestras vidas en ISKCON, preferimos guardar silencio para mantener la paz.
Sin embargo, siento que el ambiente de ISKCON está cambiando; hay hombres que empiezan a tenernos en cuenta a la hora de tomar decisiones.
Puede que a estas alturas alguien se pregunte de qué estoy hablando. ¿Cuál es el problema? ¿Las mujeres no han tenido comida suficiente durante todos estos años? ¿No han tenido un lugar dónde dormir? ¿Oportunidades para cantar Hare Krishna? ¿Han estado sometidas a algún tipo de abuso físico?
Si bien la mayoría de nosotras no podemos quejarnos de haber pasado hambre o de haber sido torturadas, cada una hemos recibido diferentes tipos de golpes debilitantes bajo circunstancias diferentes por parte de los hombres de nuestra sociedad. Estos golpes no se dan con armas físicas. En este caso el arma es mucho más sutil: se trata de una actitud a la que nos hemos visto expuestas tantas veces que, finalmente, no nos sentimos apreciadas en nuestra sociedad.
Varios de ustedes lo negarán y dirán con indignación: “¡Por supuesto que queremos que las mujeres se hagan conscientes de Krishna!” De hecho, si le preguntaran a cualquier hombre de este movimiento Hare Krishna si quiere que me vaya o que me quede en ISKCON, estoy segura de que todos me animarían a quedarme.
Sin embargo, los patrones de comportamiento de muchos de estos mismos hombres mandan un mensaje completamente diferente. En la década de 1970 fui a un festival en la India para ver a Srila Prabhupada, un festival al que tal vez muchos de ustedes asistieron. Al no tener muchas oportunidades de estar con él, guardaba el deseo de poder adorarlo diariamente.
No obstante, me mandaron a cortar las verduras para el subji durante los horarios de la japa y el guru-puja, mientras todos los hombres cantaban sus rondas y tomaban darshana. Cada día terminaba esa tarea justo a tiempo para poder entrar a la clase, en el momento en el que se había recitado el verso en sánscrito. A partir de esta situación recibí un mensaje muy claro de lo poco que importa que yo practique sadhana.
Durante esos mismos peregrinajes veía a los sannyasis y a los hombres subirse primero a los autobuses para ir al parikrama, dejando un solo autobús para transportar cuatro veces la cantidad de mujeres y niños que cabían. Una vez que llegábamos al lugar de peregrinaje, los hombres ya estaban sentados escuchando a alguien contar la historia del lugar santo mientras que las mujeres todavía seguíamos rezagadas. Cuando finalmente llegábamos sin aliento, ellos se levantaban para seguir hacia el siguiente lugar. A partir de esta experiencia recibí el mensaje de que yo no soy capaz de apreciar la naturaleza trascendental de los dhamas.
Durante ese mismo festival, escuché un anuncio al final del programa matutino en el que convocaban a todas las personas devotas interesadas en realizar el examen de Bhaktishastri de Srila Prabhupada. Los interesados debían ir a una habitación específica, pero cuando una hermana espiritual y yo llegamos nos negaron la entrada, porque “era sabido que el examen era únicamente para los hombres”. Entonces recibí el mensaje de que estudiar la filosofía no es para mí.
Una vez, durante la hora de comer, vi que los hombres encargados de servir prasadam se olvidaron de traer cinco de las preparaciones a las mujeres, a pesar de que ellos sí habían repetido dos y tres veces. En otra ocasión, un huracán hizo volar la lona del techo donde se hospedaban las mujeres, y nuestras maletas y baúles quedaron enterrados bajo tierra; en lugar de ofrecernos sus habitaciones, los hombres nos dijeron que esa noche las mujeres podíamos apiñarnos en la sala del prasadam. Al mismo tiempo, los baños de las mujeres estaban obstruidos y teníamos que cruzar charcos de heces para poder bañarnos. En ese momento, recibí el mensaje de que nuestro bienestar material no es importante.
Estos son apenas algunos de los mensajes que recibimos por parte de los hombres, no necesariamente de forma deliberada o incluso consciente. Con todo, estoy segura de que ningún hombre ha permanecido despierto toda la noche planeando diabólicamente cómo torturar a las mujeres.
Como la mayoría de ustedes no ven lo que las mujeres hacemos durante el horario de la japa, probablemente tampoco saben que en los festivales de Mayapura no tenemos un tiempo reservado para la japa. Además, ustedes solo han hecho lo que les han dicho que hagan: subirse a los autobuses. Así pues, ¿cómo podrían haberse dado cuenta de que muchas nos quedábamos atrás? Y seguramente estaban absortos estudiando para el examen del Bhaktishastri, sin percatarse del drama por el que pasamos las mujeres cuando nos negaron participar. Y como a los hombres se les servía el prasadam en otra carpa, ustedes no tenían ni idea de que a las mujeres nos habían dejado sin comer. Así que no estamos culpando a nadie en particular.
De hecho, cuando ocurre algo de esta naturaleza, generalmente hay uno o dos hombres con los que podemos quejarnos. Y generalmente esos hombres son extremadamente comprensivos. Desafortunadamente, ellos no están en la posición para realizar ningún cambio o rectificar el error. Y hay que decir que ha habido ocasiones en que los hombres que han estado a cargo de las mujeres nos han ignorado y han hecho oídos sordos a nuestras súplicas de ayuda. Todo esto ha ejercido un poderoso efecto psicológico sobre las mujeres de nuestra sociedad. Podría decir que nos han convencido de que realmente no nos quieren en su entorno y que simplemente están tolerando nuestra presencia.
¿Acaso ha sido saludable para nosotras? ¿Es saludable para cualquiera de ustedes? Tras recibir estos mensajes por parte de nuestros hermanos, ¿nos hemos convertido en las devotas que deberíamos ser? ¿En las vaishnavis dulces que Srila Prabhupada quería que fuéramos? Estamos heridas y nos gustaría pedirles ayuda para que esas heridas no se infecten aún más. Para mí es evidente que hasta que nuestro dolor no haya sido reconocido, hasta que nuestros hermanos no nos compadezcan y nos pregunten “¿por qué están afligidas?”, no lograremos sanar. Al compartir nuestros sueños de un futuro que incorpore los valores del corazón, podemos esperar encajar perfectamente en el modelo de servicio devocional que Srila Prabhupada nos dio.
¿Igualdad de derechos?
¿Qué es lo que queremos de ustedes? Sobre todo, queremos ser tratadas como personas. Y puede que me respondan: ¿Acaso las mujeres no están siendo tratadas así? ¿No les estamos dando el mismo trato que a los hombres? Nosotras distribuimos libros a la par que los hombres; cocinamos en los festivales, como ellos; atendemos a las Deidades y asistimos a clases, como ellos; y en algunos lugares se nos está permitiendo dar clases o dirigir los kirtanas de nuevo.
Pero no estamos hablando de eso. Nos referimos a las cualidades propias de las mujeres que sentimos que no se valoran. Por lo general protegemos lo que consideramos valioso. ¿Acaso el hecho de que no nos sintamos protegidas tenga que ver con el hecho de que no nos sentimos valoradas?
Parece que en nuestra sociedad se denigran las cualidades femeninas. Y como resultado de eso, la mujer probablemente no se valora a sí misma como mujer; se siente como algo deficiente o inferior. Mira a su alrededor y solo ve los logros de los hombres – hombres que tal vez no son tan inteligentes, creativos o ambiciosos como ella. Esto es algo que la confunde, pero confirma lo que ha observado: que las mujeres carecen de un valor intrínseco. Su valor depende de su relación con los hombres y los hijos. Ella se cree ese mito e internaliza un sentimiento de desprecio hacia sí misma.
Su única opción para recuperar algún sentido de autoestima es identificarse con valores masculinos; pero esto también genera una reacción que afecta el concepto de sí misma como mujer, llevándola a despreciar a otras mujeres.
Durante los últimos veinte años nos hemos mantenido al margen y hemos visto cómo los hombres han sido premiados con estatus y prestigio por su inteligencia, fuerza, renunciación y fiabilidad. Y en la medida en que cualquier mujer actúe como estos hombres, ellas reciben un premio similar pero nunca igual.
Las mujeres nunca serán hombres. Y en mi opinión, las mujeres que intentan ser iguales a los hombres lo hacen a costas de dañar su naturaleza femenina.
Pienso que es fundamental que las mujeres recuperemos nuestra feminidad como algo digno. Debemos reconocer nuestra contribución a la cultura y a la sociedad como intrínsecamente valiosa. Debido a nuestra naturaleza femenina, usualmente somos más empáticas en nuestras relaciones; tenemos una fuerte orientación artística y un deseo altruista de brindar cuidados. Estos son recursos valiosos para una sociedad.
Las devotas deben entender que cada uno de nosotros, hombres o mujeres, juega un rol único. Esto es crucial para que las mujeres dejen de emular a los hombres, o para que dejen de menospreciar a otras mujeres por la forma en que deciden adaptarse.
¿No se nos puede hacer ni una broma?
Me da la impresión de que, en ocasiones, las mujeres tienen que negar su feminidad para ser verdaderas devotas. ¿Pero acaso es necesario? Tal vez piensen que mi conclusión es extremista, pero la extraje de esta experiencia real:
Estamos a mediados de los años 1970 y un grupo de sannyasis y brahmacharis están sentados en una oficina riéndose. Se trata de una escena normal y corriente. Especialmente porque se están riendo de una mujer que usa campanillas tobilleras.
“¿Quién se cree que es?”, dice uno de los hombres. “¿Una gopi o qué?” Todos se ríen.
Otro añade: “¿Acaso no sabe que solo es una bolsa de pus, sangre y excremento?”
Entonces se ríen aún más fuerte, imaginándose la estupidez de esta mujer que está profundamente identificada con su cuerpo.
Otro sannyasi mira por la ventana y señala a una devota que está empujando un carrito con un bebé adentro y lleva a otro niño en brazos. Entonces, recita el verso del Caitanya-Caritamrita en el que Raghunatha Das Gosvami abandona su vida familiar como si se tratara de excremento fresco. Y repite “excremento fresco” para hacer énfasis y provocar carcajadas.
Otro dice: “Mira sus pequeños cochinillos. Más excremento para revolcarse”. Más risas.
Yo estaba en medio de ese grupo de hombres. Era una situación común en las oficinas en las que trabajé por muchos años y en las que yo era la única mujer. ¿En algún momento les dije lo ofensivo que encontraba su comportamiento? ¿Salí de la habitación para demostrar mi disgusto? ¿Dije algo para defender a mis hermanas?
No. Me reí con ellos. Ellos eran mis mentores veteranos y mis autoridades espirituales. Personas devotas avanzadas. Y, por supuesto, yo también quería ser una devota avanzada. Para satisfacer a Srila Prabhupada. Para ser renunciante. Para no estar apegada.
Y rápidamente me di cuenta de que yo no podría ser nada de eso si actuaba como una mujer, o, como decían a menudo: “Mientras me creyera una mujer”.
Yo también bromeaba con ellos. Nos burlábamos de las mujeres a las que les importaba el color del sari que usaban. Ridiculizábamos cómo desperdiciaban el laksmi de Krishna en comprar aretes y brazaletes para decorar inútilmente sus cuerpos.
Pensé que era tedioso peinarme. ¿Para qué servía el pelo si no para arrastrar a un marido hacia la conciencia mundana? Después de todo, no era más que “excremento”. Y ciertamente quería hacer todo lo necesario para que mi esposo y yo regresáramos de vuelta a Dios. Así que, además de hacer otras cosas más sutiles, también me corté el pelo.
Una vez me encontraba en un auto con mi marido y dos sannyasis en los asientos de delante. Ellos estaban comentando por qué otra pareja no se había mudado a nuestro templo para servir como pujaris. Uno de ellos explicó que “los días de pujari de la mujer habían terminado”.
Haciendo una mueca de disgusto, dijo: “Está embarazada”. Luego se volvió hacia mí, sentado a una distancia discreta de mi marido, y me preguntó: “No estás embarazada, ¿cierto?”
“Por supuesto que no”, respondí de inmediato, sintiendo la mirada penetrante de mi marido diciéndome que ellos no podían saber nunca, nunca, nunca que habíamos considerado intentar tener un hijo. Así que, de manera enfática, dije: “De ninguna manera quiero una cosa de esas”.
Fui premiada por todas esas actitudes. Recibí una carta de mi esposo justo antes de que él recibiera sannyasa en la que me decía: “Piensa en el problema que podrías haber sido, como la mayoría de las mujeres. ¿Qué sentido hubiera tenido ayudarte? Podría haber sido tan diferente, tan conflictivo, tan complicado”.
Me aplaudían como si fuera una foca que pasa con éxito a través del aro. Me aplaudían y recibía palmaditas en la espalda por mi elevada conciencia de Krishna. Así que aprendí que, para ganar ese reconocimiento, tenía que renunciar a mis inclinaciones femeninas innatas. Inclinaciones que no necesariamente me habrían alejado de Krishna.
En lugar de esposo e hijos obtuve la compañía de sannyasis. Fui reconocida por ser capaz de prestar un servicio sustancial mientras que muchas de mis hermanas espirituales desperdiciaban sus vidas con “bebés excremento”. Me sentía superior como mujer porque algunas veces yo también podía hacer preguntas filosóficas. Pero solo cuando no sucumbía a mi debilidad femenina de añorar y lamentar haber perdido a mi esposo.
Pero no todo eran palmaditas en la espalda. Había personas que no estaban contentas de que yo estuviera asumiendo el papel de un hombre. A algunos hombres les molestaba que hubiera una mujer que hablara con la misma percepción clara que ellos y algunos resentían que yo luchara mis propias batallas.
Yo me había quedado sin marido y creía que todo es justo en el amor y la guerra. Después de todo, yo actuaba como me habían enseñado. Y así continué, ávida en mi búsqueda de la conciencia de Krishna, pasando por encima de los demás, abriéndome camino a codazos hacia Srila Prabhupada y Krishna.
Llegué a enfermarme por actuar así. Al estar separada de mi yo femenino, aprendí a ignorar las necesidades de mi cuerpo, llegando a quedar exhausta e ignorando mi propia intuición. Una vez salí de mi oficina y fui al ashrama a recostarme durante más o menos una hora, porque tenía mi menstruación y me sentía mal. Por supuesto que me sentí culpable de hacer algo tan femenino y egoísta, pero en ese momento estaba tan mal que no podía ponerme en pie.
No habían pasado ni diez minutos cuando recibí un mensaje de mi autoridad, un sannyasi, de que me necesitaban en la oficina. Le dije a la mujer que me trajo el mensaje que era incapaz de moverme y que iría más o menos dentro de una hora. La respuesta fue aún más insistente, recordándome que yo no era este cuerpo y que debía ir allí de inmediato. No quise parecer manipuladora ni enclenque, así que obedecí e ignoré el dolor para estar a la par con los hombres. Hice de mi propio cuerpo un objeto de burla.
¿Aves, focas, delfines o ballenas?
Pero un día tuve un shock. Me observé en mi espejo metafórico y me di cuenta de que yo era una de esas mujeres a las que despreciaba con tanta facilidad. Al mismo tiempo, tampoco tenía idea de lo que eso significaba. ¿Cómo haría para aceptar el cuerpo que Krishna me había otorgado amablemente al nacer, sin sentirme asqueada, sin sentirme avergonzada de que su existencia ponía en evidencia mi lujuria, sin sentirme desalentada de que con este cuerpo no podría regresar al Supremo?
Esto es con lo que estoy lidiando en mi vida ahora mismo. Estoy intentando recuperar mi feminidad perdida y descifrar la forma de encajarla dentro del marco del servicio devocional, tal como yo lo entiendo. Estoy dejando crecer el cabello que me corté. Lamentablemente, hay otras partes de mí que están siendo difíciles de recuperar.
No me gusta el hecho de haberme desfeminizado para encajar en un mundo que parecía ser exclusivamente del dominio de los que tienen cuerpos masculinos. No me gusta porque no se siente bien y no me está ayudando a hacerme consciente de Krishna. En vez de sacarme de la plataforma corporal, sucede todo lo contrario. Y hace que para mí sea difícil tener relaciones sanas con otros devotos de cualquier sexo.
Actualmente, si escucho a los hombres teniendo conversaciones como las que he citado, aunque sea remotamente, me verán ponerme roja de rabia. Algunas veces me expresaré de forma inapropiada o protestaré de diversas maneras. No estoy muy segura de que muchos de mis hermanos y hermanas espirituales entiendan por qué estoy tan enojada.
Quiero pensar que mi situación fue extrema, un fenómeno excepcional en nuestra sociedad; pero me temo que no es así. Hubo otras mujeres que, como yo, llegaron al mismo extremo. Y muchísimas que saltaron a través de aros de diferentes tamaños.
Puede ser que nadie nos dijera explícitamente que hiciéramos alguna de estas cosas, que adoptáramos este modelo de pensamiento. Y quizás que tengan razón en algunos casos. Pero independientemente de si fuimos instruidas verbalmente o no, todas captamos el mensaje de que tener un cuerpo de mujer no es el vehículo apropiado para seguir una vida espiritual. Dado que en nuestros corazones sentíamos que éramos eternas partes integrales de Krishna, que habíamos perdido Su compañía trascendental y anhelábamos volver con Él, hicimos todo lo que creímos necesario hacer para lograrlo. Esa fue mi respuesta irracional.
Hay muchísimas mujeres que cargaron con esa vergüenza que les impusieron sus mentores espirituales, sin ni siquiera intentar avanzar espiritualmente y orando para tener un mejor nacimiento en la siguiente vida.
Hace unos años le pidieron a mi hermana espiritual, Radha-priya Prabhu, que diera una conferencia sobre la conciencia de Krishna. Ella me dijo que se sentía como “un pájaro que ha estado enjaulado durante muchos años de su vida. Aunque la jaula limite su libertad para volar y experimentar los placeres de la vida, si de repente el dueño decide liberarlo, el pájaro sentirá demasiado miedo y no sabrá cómo volar libremente”.
“Me sentía como ese pájaro, cada vez más arrinconada al ver una mano exigente entrando por la puerta. No obstante, también pensé que si se dejaba la puerta entreabierta y se me daba el tiempo necesario para convencerme de que las personas que me pedían que saliera iban a preocuparse realmente por mí y a esforzarse por comprenderme, con el tiempo lograría encontrar la confianza necesaria”.
Pero durante los últimos cuatro años, ella ha vivido en un entorno seguro con su esposo y sus hijos y, en sus propias palabras, ha cambiado: “La seguridad en mí misma está creciendo. En este ambiente seguro he podido desarrollar creatividad en mi servicio y he descubierto que tengo ideas para predicar. Este ambiente seguro ha sido posible debido a la convivencia con alguien que me respeta como individuo, con pensamientos y sentimientos que importan”.
Radha-priya es una de las mujeres afortunadas cuya feminidad está siendo respetada por su marido. Pero pocas de nosotras sabemos cómo es realmente sentirse cómodas como mujeres y devotas.
Me dijeron que, cuando una mujer ha ignorado sus emociones mientras atiende las necesidades de su familia y de su comunidad, es posible que, poco a poco, llegue el momento de recuperar su sentir como mujer. Cuando llega ese momento, los misterios de su feminidad se le aparecen en sueños; en eventos sincrónicos; en su poesía, arte y danza.
Hace unos días tuve un sueño que considero muy simbólico: una mujer estaba sirviendo prasadam a los hombres y ponía germen de trigo en cada uno de los tazones para que ellos obtuvieran energía extra. Pude comprender que las mujeres pueden dar energía a los hombres con su compañía femenina de la misma manera en que las mujeres nos beneficiamos y fortalecemos con la compañía masculina. Pero cuando abrí mi jarra de germen de trigo tuve un problema. La jarra no se había utilizado por mucho tiempo y había pequeñas telas de arañas a los lados, donde los granos se habían adherido. No pude usarlo. Fui incapaz de añadir energía y alimento para mí o para cualquier otra persona.
Así es como siento mi feminidad. Hace tanto tiempo que la empujé lejos de mí que, ahora que la necesito, es prácticamente inutilizable. ¿Estaba siendo védica o adhármica? ¿Qué habría hecho una “mujer védica” si en su vida hubiera enfrentado estas mismas circunstancias? Dudo que hubiera hecho algo similar a lo que yo hice.
Lo que me gustaría ver es un nuevo aro por el que aspiremos a pasar. Uno que nos anime a volvernos conscientes de Krishna a medida que desarrollamos las delicadas cualidades de las mujeres vaishnavas. Necesitamos que se premie la fuerza de nuestra feminidad, no nuestra dureza. Necesitamos que nos guíen y cuiden a medida que practicamos nuestros saltos, y que se nos permita fracasar al inicio. De vez en cuando me gustaría recibir comentarios constructivos por parte de los hombres, para saber cómo lo estoy haciendo.
Más aún, por muy atractivos que sean los aros, ¿realmente los queremos? ¿Y si también se eliminaran los aros por los que saltan los hombres? ¿No sería mejor que todas las focas nadaran libremente en el océano del servicio devocional que Srila Prabhupada nos dio? Que los delfines y las ballenas naden juntos, y que disfruten en la orilla junto con los pingüinos y las gaviotas. Después de todo, Srila Prabhupada construyó una casa en la que todo el mundo podría vivir. Él no estaba interesado en que nos convirtiéramos en artistas de circo; quería que nos convirtiéramos en devotos puros.
¿Hadas madrinas justas o madrastras desagradables?
En la actualidad, en el movimiento Hare Krishna, muchas, muchas mujeres sienten ambigüedad sobre su identidad. Puede que ustedes se inclinen a pensar que nuestro rol es claro y que nos lo hacen saber al llamarnos “matajis”.
Pero algunas de nosotras hemos llegado a desdeñar esta palabra. Incluso la sentimos como si fuera un insulto, como si fuera parte de una frase de los años sesenta: “Al paredón, madre”. Pero ¿por qué es así? Hemos aprendido de Srila Prabhupada que toda mujer, excepto la esposa, debe considerarse como “madre, mata”; pero la manera en que nos han tratado nuestros “hijos” durante años no nos ha hecho sentir queridas. Por el contrario, ha hecho que nos devaluemos a nosotras mismas. ¿Relegaríamos a nuestras madres a un lugar del templo en el que no pueden ver a las Deidades? ¿Haríamos que canten japa en los pasillos, o subiendo y bajando escaleras?
Se supone que este es el movimiento de sankirtana, con el harinama como la celebración principal del santo nombre. ¿Cuántas de ustedes han salido con el grupo de harinama y se han quedado en la parte de atrás del grupo? Aparte de los peligros de ser abordadas por borrachos y ladrones, no pueden escuchar el kirtana y acaban sintiéndose como una prolongación inútil arrastrándose al final de la procesión. Esto no hace que se sientan protegidas o respetadas.
Una de mis hermanas espirituales, Govardhana Prabhu, también es madre. Me contó que una vez visitó el Bhaktivedanta Manor durante un festival y se tenía que hacer fila para una mesa central donde se servía prasadam. La fila era bastante larga y los brahmacaris y hombres grihasthas estaban al comienzo. Las mujeres estaban atrás del todo con sus hijos e hijas. Ella me contó: “Estábamos haciendo fila con nuestros hijos e hijas, que tiraban de nuestros saris llorando: ‘tenemos hambre’. Y veíamos cómo se atendía primero a los hombres”.
“En esta ocasión concreta, yo aún estaba en la fila cuando algunos de los brahmacaris terminaron de tomar prasadam. Ellos venían y se ponían de nuevo en la fila, delante de las mujeres, para recibir su segunda ración”.
“Aunque con mi inteligencia sabía que este era un templo de Krishna y que yo quería ser Su devota, lo que más deseaba con todo mi corazón era salir corriendo de allí. Me sentía muy triste de que no le importara a nadie”.
Para mí, la parte más triste es que esto era algo normal. Es algo a lo que nos hemos acostumbrado en la conciencia de Krishna, a verlo como algo normal. Pero no me parece que encaje con lo que se nos llama. ¿Qué sentido tiene que nos llamen mataji si no nos tratan como mataji?
Govhardhana Prabhu también relató: “En el Ratha-yatra del año pasado solo había una carpa reservada para el grupo de los Bhaktivedanta Players y para cualquier otra persona que saliera al escenario y necesitara cambiarse de ropa. ¿Adivina quién fue la persona que tuvo que cambiarse detrás del escenario a la vista de cualquiera que pasara por ahí? No fueron los Bhaktivedanta Players, fui yo. ¿Es así como se muestra respeto por las mujeres?”
En una caminata matutina en las Islas Mauricio, Prabhupada resaltó las dificultades que teníamos con este concepto:
Devoto: ¿Debemos llamar “madre” a todas las mujeres?
Prabhupada: Sí, y tratarlas como tal. No solo referirse, sino también tratarlas.
Harikesha: En realidad, no tenemos ni idea de cómo tratar a una madre.
Prabhupada: Aprendan.
Tal vez si analizáramos cómo nos sentimos en relación con nuestras propias madres podríamos entenderlo mejor. Las madres encarnan el cuidado sin límites. Nos proporcionan sustento mientras estamos en el útero, además de protegernos. Al mismo tiempo, muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de cómo nuestras madres pueden asfixiarnos con su sobreprotección.
Según los psicólogos modernos, si un niño ve a su madre como una fuente de afecto y apoyo, la considerará una influencia positiva; si la percibe como negligente o asfixiante, la considerará una influencia negativa.
También se ha demostrado que la mayoría de los adultos responden a sus madres de acuerdo con su terrible lado destructivo. No consideramos el contexto histórico que vivieron, su origen familiar y las oportunidades que había para las mujeres en su época. Muchas de nuestras madres fueron manipuladas, confinadas y silenciadas con la ayuda de propaganda, fajas y Valium. Con todo, a menudo nos resulta difícil aceptar que nuestras madres hicieron lo mejor que pudieron por nosotros con las limitaciones que tenían.
A muchos de nosotros nos resulta difícil perdonar a nuestras madres por las heridas imaginarias o reales que nos infligieron. Cargamos resentimiento y miedo del poder femenino en general. Damos por sentada la forma en que nuestra madre nos crio y esto se nota en la manera que usamos, abusamos y dominamos incluso a la Madre Tierra cada vez que tenemos oportunidad. Los agujeros en la capa de ozono y los bosques que destruimos demuestran nuestra enorme arrogancia y desprecio por ella. En la sociedad contemporánea inconscientemente sentimos temor del poder de la madre, y por eso hacemos todo lo posible por denigrarla y destruirla.
¿Es védico?
El hecho de tratar de volvernos vaishnavas no elimina este conflicto. Como mujeres, a menudo se nos advierte que nos comportemos de manera “védica” y a menudo se usa en el contexto de no actuar asertivamente, etc. Pero comparemos la manera en que la sociedad india trata a las mujeres.
Govhardhana Prabhu tiene algo que decir al respecto: “He visto que los indios conservan algunos vestigios de la cultura védica y tratan a sus mujeres de manera muy diferente. Frecuentemente, cuando las mujeres indias vienen al darshana, están muy bien vestidas y maquilladas; no niegan en absoluto su feminidad. Tienen confianza en sí mismas. Caminan hacia las Deidades, hacen sus ofrendas y prestan reverencias. No se avergüenzan de sí mismas. Mientras que, cuando yo entro al templo, inmediatamente pienso: ‘¿Dónde puedo estar segura de que no molestaré a ningún hombre?’ Siempre estoy consciente de mi cuerpo”.
La propia historia de Govhardhana es interesante. Ella había dejado de visitar la India durante quince años porque sentía que la India, al ser el origen de la cultura védica, acentuaría esta denigración hacia las mujeres incluso más de lo que había experimentado en Occidente. Para su sorpresa, los brahmacaris bengalíes le sirvieron prasadam y le pasaron la lámpara de ghee, experiencias que ella nunca había vivido en ningún templo de ISKCON en Occidente. “Estaba asombrada”, dijo. “Sentí que mi corazón se derritió, me trataban como a una mataji. De repente sentí que estaba bien ser mataji. Me hizo sentir fenomenal porque no quiero ser un hombre. Prefiero hacer lo que me toca con el cuerpo que me haya tocado en esta vida. No quiero imitar a los hombres”.
También describió la vez en la que participó en una función en un templo hindú de Nottingham. La sala de prasadamno era lo suficientemente grande para que todos se sentaran a comer a la vez, entonces los hombres hindúes se levantaron y se pusieron a charlar a un lado mientras que las mujeres y los niños tomaban prasadam. Se sentían orgullosos de proteger a sus familias sin tener que demostrar que eran más fuertes o importantes que las mujeres.
Acerca de ese incidente, Govhardhana dijo: “Escuchamos decir que las mujeres son sencillas; bueno, ese pequeño detalle es suficiente para que las mujeres se sientan felices. Y debo decir que ver eso hizo más por mí que cien clases del Srimad-Bhagavatam. Fue conciencia de Krishna en la práctica”.
Después de todo, solo somos almas condicionadas
Pero si esa actitud no tiene origen védico, ¿de dónde procede? ¿Podría derivarse de la influencia de nuestras familias de origen?
Una vez, Virginia Wolf escribió: “Todos somos en parte nuestros antepasados, como todos somos en parte hombre y en parte mujer”. Este es precisamente el caso. Aunque a la mayoría de nosotros nos gustaría distanciarnos de nuestra familia de origen y adoptar el movimiento del Señor Chaitanya como nuestra nueva familia, no podemos negar que seguimos influenciados por las actitudes y los hábitos que aprendimos temprano en nuestras vidas.
Desafortunadamente, no todos esos hábitos son positivos. A medida que las mujeres vamos asumiendo un rol en el mundo, el corazón de nuestras familias está siendo descuidado. Seguramente nuestras madres no estuvieron tan presentes como nos hubiera gustado. Probablemente solo teníamos a uno de nuestros progenitores. Quizá uno de ellos abusara de nosotros. Tal vez papá o mamá tenían problemas de comportamiento que afectaban la tranquilidad de la familia. Todo esto contribuye a un deterioro de la conexión con nuestros padres.
Indudablemente sentimos este dolor en nuestras vidas. ¿Qué sucederá con nuestros hijos e hijas? ¿Lo tendrán más fácil por haber nacido en familias de vaishnavas amorosos? Espiritualmente, sí; pero no necesariamente a nivel emocional. Si a una madre devota se le ha impedido su desarrollo y crecimiento personal, puede que ignore o devalúe las capacidades de su propia hija. O puede hacer lo opuesto y estimularla a ser la hija “especial” o “talentosa”, cuyos éxitos su madre disfrutará indirectamente. Ninguna de estas respuestas es especialmente sana ni para la madre ni para la hija.
Si marido y mujer no han podido reconciliar su propia sexualidad en términos de la conciencia de Krishna, ¿cómo podrán ser capaces de comunicar actitudes y valores sanos a sus hijos e hijas?
Está comprobado que, cuando un adolescente percibe que sus progenitores se sienten incómodos con los signos externos de su sexualidad, pueden rechazar los cambios en sus cuerpos. Quizás usen la comida para adormecer los sentimientos de ineptitud; o tal vez usen alcohol, sexo o drogas para aliviar la confusión y el dolor de no ser aceptados. A medida que pierden la habilidad de reconocer las limitaciones del cuerpo, el dolor y la enfermedad se acumulan como una fisura que crece entre el cuerpo, la mente y el espíritu.
Por otra parte, los psicólogos que estudian la motivación han encontrado que muchas mujeres exitosas tuvieron progenitores que alimentaron su talento y las hicieron sentirse atractivas y amadas a una edad muy temprana. Las mujeres con más probabilidades de ser autodeterminadas son las que tuvieron progenitores que las trataron como personas interesantes, dignas y merecedoras de respeto y de apoyo. Las mujeres que han sido tratadas de esta manera no sienten que su feminidad peligre al cultivar su talento.
No hay amor en este mundo material
¿Acaso nuestra dificultad en reconciliar principios espirituales en el contexto de una relación está causando un efecto adverso en nuestros niños y niñas, tal como se ha descrito encima? Si nuestro movimiento Hare Krishna continúa devaluando a las mujeres, esto acabará ocurriendo. Incluso es la causa de que un gran número de matrimonios haya fracasado.
Los niños y las niñas necesitan mucho, mucho amor. Srila Prabhupada menciona este amor en las cartas y conversaciones sobre el gurukula. Decía: “Disciplina con amor”, e “inspirar a través de un espíritu feliz y amoroso”. “El profesor debe ser experto en representar la naturaleza amorosa y compasiva de Krishna” y “todo debe hacerse sobre la base del amor”.
Pero la palabra “amor” no es una palabra que muchos devotos se sientan cómodos de usar. No tenemos el amplio rango de opciones que existen en sánscrito desde prema a kama. Para nosotros, apenas una palabra cubre los sentimientos que tenemos por Dios, lo mismo que la palabra “helado”. Como devotos, en lugar de usar la misma palabra que usamos para los sentimientos que estamos tratando de cultivar por Krishna, hemos adoptado un término peyorativo para los sentimientos que podemos tener por la esposa y los hijos: apego.
Y usamos la palabra con el mismo tono de voz que lo hacemos a menudo para la palabra “mataji”, escupiéndola con desdén. El apego no es algo que deseemos tener, tampoco es algo que cultivemos activamente. Este dilema nos perjudica gravemente cuando intentamos estar emocionalmente presentes para nuestros niños y niñas. Porque si el “amor” es algo reservado únicamente para el Señor Supremo, entonces, ¿qué le damos a nuestros hijos e hijas?
Muchos progenitores resolvemos el problema interactuando con nuestros hijos y cónyuges como si fuéramos personas devotas perfectas, y, en consecuencia, esperamos que ellos también lo sean. Pero ¿cómo afecta esta relación impersonal a los niños y niñas? A veces se espera que sean diferentes de quien realmente son. A medida que crezcan podrán rebelarse en contra de todo lo que tenga que ver con las personas devotas o volcarán sobre sus propia familia su vergüenza sin digerir ni expresar.
¡Qué vergüenza!
Además de sentirse amados, los niños y las niñas también necesitan ver amor entre sus progenitores. Pero esto es difícil cuando anteponemos la renuncia ante el supuesto afecto de las relaciones.
¿Cuántos de nosotros conocemos parejas en las que el marido está tan confundido por una renuncia inapropiada que ni siquiera puede tocar la mano de su esposa porque la querría inmediatamente en la cama? Sospecho que muchos de nosotros, si es que eso ya no describe nuestra propia situación.
Un marido así termina resentido con las cualidades femeninas de su esposa y, a su vez, ella se avergüenza de su feminidad natural. Y aunque en los Vedas se menciona que la naturaleza de una mujer es vestirse bien para su marido, ¿cuántos maridos elogian o animan a sus esposas en ese sentido?
A una de mis hermanas espirituales, Jaya Radhe Prabhu, también le preocupa la falta de amor en los matrimonios de nuestras comunidades. Ella me dijo: “A un hombre le resulta fácil renunciar a la vida familiar y a sus responsabilidades esenciales cuando el amor está ausente. Pero ¿se trata de renuncia o es solamente una reacción a sus sentidos frustrados? Estoy segura de que, si la forma en que un hombre devoto se relaciona con su esposa incluyera más sutilezas y delicadezas, más formas de intercambios y un comportamiento amable, no acabaría explotando en la gratificación sensorial burda. Ese el síndrome de todo o nada, bhoga-tyaga”.
¿Cuál es el precio de la sumisión?
Si lo que dicen Jaya Radhe y Govhardhana Prabhus es cierto, que las mujeres necesitan poder sentirse femeninas y apreciadas dentro de sus relaciones, ¿por qué no hay más mujeres que se levanten y se lo exijan a sus maridos? Quizá el título de una conferencia que el Club de psicología analítica de Los Ángeles ofreció sobre la masculinidad puede ayudarnos. Se titulaba: “Caballero con brillante armadura busca doncella en apuros: matrimonios de anuncio”. El título resalta el hecho de cómo la identidad de un hombre a menudo mejora cuando rescata a una mujer. Pero ¿cuál es el precio que paga un hombre por esa sensación de fortaleza? ¿Para que un marido sea fuerte la esposa debe ser débil?
Muchas hemos interiorizado esta lógica y hemos concluido que, si de alguna manera nos empequeñecemos a nosotras mismas, nuestra pareja logrará el éxito. Y si él alcanza el éxito, nosotras podremos atrapar la ola de sus atributos espirituales y así regresar al Supremo.
Pero entonces, para que nuestras relaciones sobrevivan de algún modo, debemos adoptar una postura pasiva dependiente. No expresamos nuestras posibles necesidades; la mayoría de nosotras ni siquiera nos permitimos llegar tan lejos como para reconocer que tenemos necesidades sin cubrir. Nuestra motivación inconsciente es reforzar y proteger el frágil ego falso de nuestro esposo.
Y las mujeres que se atreven a ejercitar su capacidad de pensar y actuar de manera independiente, definiendo las reglas de sus propias vidas, frecuentemente son acusadas de disminuir a los hombres o incluso de lastimar a sus hijos e hijas. ¡O de algún modo estar destruyendo a los demás! Sin duda, esto las inunda de una gran culpa.
De esta manera, las mujeres acaban usando máscaras ante los hombres en sus vidas. Aprenden a ser sumisas. A hablar en un educado tono de voz al aceptar prácticamente todo lo que un hombre les proponga. Mientras tanto, en su interior puede estar sintiéndose furiosa. Puede que oculte puñales de ira por el tiempo sacrificado, confusión por traiciones que no se han resuelto, tristeza por haberse abandonado a sí misma por tanto tiempo e impotencia para dar el siguiente paso.
¿Supermujeres?
Tengo la sensación de que nos tenemos que convertir en una especie de devotas puras supermujeres para poder encajar en la idea que han diseñado los hombres de nuestro movimiento Hare Krishna. Y, en mi opinión, creo que esta es una carga muy pesada para vivir.
Marge Piercy, una poeta, ha escrito un poema titulado “Para las mujeres fuertes”. En una parte, dice:
“Una mujer fuerte es una mujer cuyo propósito
es vaciar el pozo negro de los años,
y mientras cava afirma que no le importa llorar.
El llanto destapa los conductos lagrimales y
los vómitos desarrollan los abdominales y
continúa cavando con lágrimas en su nariz”.
Muchas nos hemos convertido en esa mujer fuerte para no causar problemas en nuestra sociedad. Pero no estamos felices; más que nada somos mártires. ¿Acaso esto es lo único que se supone que nos aporta el matrimonio? Creo que ninguna de nosotras tiene muy claro lo que realmente significa el matrimonio en conciencia de Krishna. Mi opinión es que el matrimonio es una oportunidad para que todos, hombres y mujeres, maduren y crezcan emocional y espiritualmente. Pero para que haya crecimiento en una unión, se debe aportar mucho más que la mera conquista de una mujer.
Matrimonio: ¿renuncia o revelación?
El matrimonio requiere de paciencia, de dar sin tener en cuenta lo que se ha dado. Cuando una de las partes dice: “Yo doy esto y tú me tienes que dar algo a cambio”, significa que el matrimonio aún no ha comenzado. El verdadero compartir se encuentra en un reconocimiento equilibrado de la igualdad y la diferencia; un descubrimiento de los equilibrios y las paridades.
El matrimonio es una relación, un contrato, una promesa de ayudarse mutuamente. No es la decisión egoísta de un hombre que, tras sentirse satisfecho (o frustrado) dice: “Ahora seré un renunciante”, sin tomar en cuenta a la otra mitad de la familia y sus necesidades. O las necesidades de los hijos e hijas. Toda nuestra filosofía se sustenta en los intercambios amorosos y, no obstante, en nuestras vidas diarias pareciera que sacamos esos intercambios naturales de nuestras relaciones primarias.
Cualquier relación íntima tiene que basarse en la capacidad de ser completamente honestos con nuestra pareja; pero la renuncia falsa es una forma de deshonestidad. ¿Cómo puede florecer el amor (ya sea por Krishna, por Srila Prabhupada, por la esposa, por los hijos e hijas o por las demás personas devotas) en una atmósfera de engaño? Y ¿cómo se puede llegar a la Verdad Absoluta siendo deshonestos?
Srila Prabhupada describió que, si una serpiente muda de piel de manera natural, lo hará sin dolor; pero si la despellejan con un cuchillo, muere. El estándar de la orden de renuncia no es algo que pueda sancionarlo una sola persona, si no que se alcanza con la cooperación de todos los miembros. Nos encontramos en diferentes niveles, y lo que puede ser demasiado para una persona puede que no sea suficiente para otra.
A inicios de los años 60 hubo una polémica similar en la Iglesia católica. Todos sabemos que los católicos creen firmemente que el propósito principal del sexo dentro del matrimonio se destina a la procreación. Concepto que nosotros también adherimos. Ellos también institucionalizaron el ideal del celibato, enfatizando la naturaleza perturbadora de la sexualidad tanto para el individuo como para la sociedad en general.
Como consecuencia, sus matrimonios frecuentemente estaban dominados por reglas y regulaciones. Los jesuitas serán recordados por haber enseñado que el matrimonio era la salvación para los débiles y que era mejor casarse que arder en el infierno.
La insatisfacción con esta postura fue creciendo dentro la comunidad laica católica y muchos de los miembros se dispusieron a experimentar diferentes actitudes. Cuando el papa Juan XXII llegó, decidió escuchar a los laicos como ningún otro papa lo había hecho antes.
Como resultado, después del Vaticano II la Iglesia católica cambió su postura. Hoy en día enseñan a los niños y niñas en edad escolar y a las parejas que van a casarse que cada persona está en etapas de desarrollo diferentes, y que el matrimonio y la familia son los cimientos de la sociedad, no algo destinado para quienes fallan en su celibato. Se dieron cuenta de que los sentimientos de culpa y de vergüenza son destructivos. Que para amar a Dios y a nuestro prójimo (como enseña la Biblia), primero debemos amarnos a nosotros mismos, tener un fuerte sentido de autoestima y valorar lo que hacemos.
Con respecto al difícil asunto de las “caídas” sexuales dentro del matrimonio, los católicos han concluido que, tratándose de un regalo de Dios, el propósito de la sexualidad es fomentar el amor. Además, han llegado a reconocer que el apoyo mutuo en la pareja es tan importante como la procreación.
También han determinado que se debe alentar a cada individuo a ejercer su propia conciencia personal en la cuestión de cómo expresar su sexualidad dentro de los límites del matrimonio, y esto debe ser mutuamente aceptable para ambas partes. Según el tratado eclesiástico católico, “La dignidad humana requiere, por tanto, que el individuo actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa”.
Creo que podríamos aprender mucho de la historia de la Iglesia católica para lograr tener relaciones más plenas y sagradas. Son cosas que nos ayudarán a crecer espiritualmente en el marco de la relación con nuestras parejas.
Nuestras propias Escrituras nos dicen que la compañía íntima de otras personas devotas nos eleva. Pero ¿cuántos de nuestros maridos consideran realmente que la relación con sus esposas los eleva? ¿Quizás sea porque no ven a sus esposas como personas devotas, si no como objetos para sus sentidos?
¿No deberíamos también propagar activamente el matrimonio como la institución respetable, responsable, espiritualmente dinámica, y sí, amorosa, que realmente debería ser? El ashrama que debería ser, y no la solución de segunda clase para aquellas personas que son demasiado débiles para practicar el celibato.
Rendición versus egoísmo
Un rasgo típico de las mujeres es que no queremos decepcionar a los demás. Como consecuencia, solemos consentir situaciones sin pensar mucho en cómo afectarán nuestras propias vidas. Esto puede incluir aceptar casarnos con alguien cuya autoridad así se lo ha instruido, aceptar no casarnos para en su lugar continuar distribuyendo libros, aceptar no tener hijos, aceptar tenerlos, o cualquier otra decisión importante similar.
Sin embargo, si una mujer se atreve a pedir que se le satisfaga una necesidad, a menudo no solo es percibida por los demás como exigente, necesitada y desagradecida, sino que se avergüenza de verse a sí misma de esa manera. Esto, unido a nuestro trasfondo cultural de ver a la mujer (y, en particular, al cuerpo de la mujer) como una seductora, la causa del «pecado original» del hombre, nos ha traído muchos problemas.
Mi hermana espiritual, Madhavi Prabhu, tiene algunas ideas al respecto. Si una mujer se siente amada (y el afecto físico es parte integral de lo que la hace sentirse amada), por lo general se sentirá feliz y contenta. Ella permanecerá “casta” a su marido, y sus hijos e hijas crecerán en un ambiente saludable propicio para la conciencia de Krishna. De esa manera ella y sus hijos se sentirán protegidos. No quiero simplificar demasiado, pero este es un aspecto importante de nuestros problemas.
Madhavi Prabhu escribe: “Por otro lado, si una mujer no recibe afecto y su marido solo la busca para tener relaciones sexuales, cuando él “cae” ella vive un infierno. Lejos de sentirse protegida y feliz, se siente usada y abusada. Y una mujer ordinaria tiene sus límites para tolerarlo. Por naturaleza, las mujeres son apacibles y vulnerables. Y muchas de las mujeres que se unen al movimiento Hare Krishna son excepcionalmente sumisas y dedicadas a servir a sus maridos. Así que, si el esposo simplemente trata con amor protector a su esposa, todo el mundo acaba siendo más feliz. La sociedad no sería un infierno, sino un terreno fértil para desarrollar la conciencia de Krishna”.
“Otro extremo puede resultar en un abuso violento de la mujer, a quien su marido considera la causa externa de su ‘caída’. Como quiere disfrutar de ella, pero no puede tocarla, debe odiarla. Y claro, si no fuera por la presencia de ella, él podría vivir una vida espiritual sencilla, no tener ningún deseo sexual, e incluso ganar algo de prestigio en la sociedad por su gran capacidad de renuncia”.
“Esta situación de odio hacia el objeto del deseo puede volverse tan extrema (y de hecho sucede) que solo una devota pura o una masoquista podría continuar tolerándola indefinidamente. Pero muchas de nosotras lo hemos intentado durante años, en aras de la ‘castidad’”.
“Nosotras, las mujeres, necesitamos tener relaciones auténticas con los miembros de nuestra sociedad. No es que debamos andar por ahí sintiéndonos objetos, y que debamos proteger a los hombres para que no se sientan atraídos por nosotras, cuando se supone que somos nosotras las que debemos ser protegidas”.
Con respecto a esto, Govhardhana Prabhu añade: “Si este antagonismo hacia las mujeres proviene de la agitación debida a nuestras experiencias pasadas, ¿no podemos ser honestos? ¿No podemos llamarla así y dejar de llamarla védico?”
Lecciones aprendidas
A pesar de los elementos obviamente nocivos en mi relación con los hombres, admito que con el apoyo de mis hermanos espirituales hombres gané confianza en mi inteligencia y habilidades. Me liberé en cierta medida de los roles tradicionales femeninos imaginando un yo interno que trascendía la feminidad. Realmente creía que, en última instancia, somos almas espirituales, partes integrales eternas de Krishna.
Somos similares debido a que compartimos una meta espiritual común definida por nuestro amor al servicio devocional y por nuestro interés en la filosofía de la conciencia de Krishna. Pero insensatamente lo extrapolé con la intención de poder llegar a ser igual a mis hermanos espirituales hombres.
Me sentía halagada cuando me decían ocasionalmente que pensaba como un hombre y, al mismo tiempo, sentía desprecio por las mujeres que vivían los roles más tradicionales con satisfacción. Me sentía especial, favorecida; pero también me di cuenta de que esto me llevó a traicionarme como mujer.
Me sentía superior a las mujeres y quería pensar como un hombre; y, por supuesto, me odiaba como mujer. Bloqueé grandes áreas de mi ser en mi búsqueda por identificarme con los hombres.
Ahora me doy cuenta de que al haber rechazado lo femenino, he inhibido mi crecimiento como mujer y he negado muchas habilidades inherentes. También cometí muchas vaishnava-aparadhas en contra de mis hermanas espirituales sinceras. Esto es lo que ahora me motiva a hablar con claridad.
No me gustaría que las jóvenes que se están uniendo a nosotros, que quizás han sido atraídas por la propaganda del mundo material de que las mujeres pueden y deben igualar a los hombres, intenten emular el camino que yo recorrí. Tampoco espero que la única alternativa sea seguir tímidamente a las llamadas mujeres «sumisas» que arden silenciosamente en su interior.
Al exponer algunos de estos sentimientos y conceptos, y al impulsar reformas en varios lugares de nuestra sociedad, mis hermanas espirituales y yo hemos sido etiquetadas como «pesadas» o algún otro término denigrante. Hemos escuchado a personas devotas de otros países decir que saben todo sobre nosotras y nuestra falta de sumisión, nuestra falta de castidad.
Pero la verdad es que estamos más que felices de asumir el papel de mujeres. Más que felices de someternos a la protección que nos ofrecen nuestros hermanos espirituales mayores. Lo agradecemos, lo suplicamos. Por favor, dénnosla. Hasta ahora no lo hemos experimentado de manera sustancial en nuestras vidas.
No pretendemos hablar en nombre de todas las mujeres de nuestra sociedad. Pero tampoco somos casos aislados. Cada una de nosotras conoce a suficientes mujeres con historias y experiencias similares para justificar el hecho de que no somos las únicas. Cada una de nuestras historias varía ligeramente, las circunstancias y nuestras reacciones difieren tanto como cada una de nosotras como individuos. Pero hay un elemento común en cada una de nosotras: que queremos ser devotas sea cual sea el precio, aunque hasta ahora ese precio ha sido que tenemos que tambalearnos sin la protección de nuestros hermanos espirituales hombres y seguir negando nuestra feminidad intrínseca.
Pero no todas las mujeres están de acuerdo contigo
Sorprendentemente, muchas de las críticas que se me hacen a mí o a las mujeres que se expresan como yo provienen de otras mujeres. Hay varias causas para esto, hasta donde puedo determinar.
Una de ellas es que, al menos en los últimos quince años, hemos conseguido enseñar a las nuevas mujeres que se unen a nuestro movimiento Hare Krishna que ser consciente de Krishna es proporcional a la renuncia de su autoestima; que los hombres y sus necesidades son intrínsecamente más importantes en esta sociedad espiritual; que las mujeres son más simples que los hombres, y pueden participar en el movimiento Hare Krishna pero no al mismo grado que los hombres; que ciertas actividades son el dominio exclusivo de aquellos en cuerpos masculinos y que este concepto viene de la India y por lo tanto es védico; que el matrimonio es un paso atrás en el avance que se estaba haciendo en la vida de brahmachari/brahmacharini; que no se obtiene mucho beneficio al casarse, aparte de extinguir legalmente los deseos materiales; que para que los hombres protejan a una mujer, esta debe actuar de manera casta; que es responsabilidad de la mujer asegurarse de que ningún hombre en este movimiento sienta ningún tinte de sentimientos sexuales hacia ella.
Y muchas de estas mujeres desafortunadamente se lo han creído a pies juntillas. Así que cuando ahora les decimos que eso no es lo que entendemos por conciencia de Krishna, protestan (y con razón) que estamos «cambiando las cosas».
Tal vez lo estamos haciendo, pero sentimos que el actual status quo no es lo que Srila Prabhupada quería. En algún punto nos hemos desviado, ya sea por nuestros orígenes disfuncionales, por la interpretación errónea de sus instrucciones, o por la superposición inapropiada de la cultura védica sin realizar ajustes graduales a la cultura occidental.
Ser femenina es ser tanto compasiva como didáctica; por eso podemos entender cómo cuidarnos. Pero debemos evitar involucrarnos en peleas insignificantes y en el deseo de dominar.
Otra razón por la que nuestras hermanas mayores se alarman quizá pueda entenderse en términos psicológicos. Muchas mujeres que han tenido madres iracundas o emocionales tienen miedo de su propia ira y sus sentimientos. Si dan rienda suelta a estos sentimientos pueden ser vistas como destructivas o castradoras. La represión de su ira a menudo les impide ver las desigualdades en un sistema definido por los hombres. Cuando una mujer es abusada por un hombre con autoridad, se adormece para olvidar el dolor humillante asociado al trauma. Incluso podría bloquear el recuerdo de su memoria consciente, pero el dolor no desaparece con su causa inmediata; tampoco desaparece si de alguna manera logramos “olvidarlo”. Simplemente se convierte en una armadura para las heridas del cuerpo de la mujer, anestesiando sus instintos e intuición.
Durante siglos se les ha dicho a las mujeres que no fueran «histéricas». Si sienten algo con fuerza no se las alaba por su compromiso y pasión, sino que se les dice que no son razonables. Si expresan una queja con ira se les dice que están fuera de control. La mayoría de nosotras hemos aprendido a ajustar nuestras reacciones para que encajen en este estereotipo. Pero los sentimientos que no se reconocen no desaparecen; se esconden y nos atan al pasado.
Quizás como mis hermanas mayores y yo nos hemos permitido sentir enojo, hemos sido capaces de describirles todas estas situaciones. Sabemos que el enojo no es un fin en sí mismo. Nos permite liberar algunas emociones que están enterradas y nos corroen. Pero no sirve para provocar un cambio constructivo. Por esa razón nos dirigimos a ustedes, nuestros hermanos espirituales, nuestros compañeros en el jardín del Señor Chaitanya.
Cuando nos sentimos escuchadas nos resulta más fácil aceptar nuestro dolor tal como es, como parte del proceso natural de la vida. Sentirnos escuchadas no erradica el dolor y la humillación, pero al expresar nuestros sentimientos a una audiencia receptiva podemos empezar a curar nuestras heridas. De esa manera no tenemos que culpar a nadie; podemos simplemente conectar con el sufrimiento y así sanar de forma natural. Permitirnos simplemente conectar con el dolor, es decir, pasar por un proceso de duelo, nos ayuda a superarlo.
Comprendemos que es importante no limitarnos a culpar a los demás por este pesar, sino que es mejor examinar profundamente su causa y asumir la responsabilidad de curarnos a nosotras mismas. A partir de nuestra propia tristeza estamos comenzando a desarrollar compasión por quienes nos han lastimado. El mero hecho de que se tomen el tiempo de leer esto es una experiencia sanadora para nosotras. Otro factor que hay que tener en cuenta con las mujeres que protestan porque los temas en los que se centra este artículo no reflejan sus opiniones, es mirar quiénes son esas mujeres. Me aventuraría a decir que la mayoría de estas mujeres han estado en una relación durante la mayor parte de su vida en conciencia de Krishna. Son muy afortunadas.
Las mujeres como yo hemos tenido diferentes experiencias y hemos tenido que aprender a hacer malabares con varios elementos para mantenernos a flote emocionalmente. Hemos vivido traumas con los que estamos intentando reconciliarnos, como criar a niños huérfanos por nuestra cuenta, o entender cómo Krishna permitió que el abuso que sufrimos continuara. Nuestros argumentos no deben ser desestimados solo porque no seamos mayoría. Nuestra sociedad debería estar muy contenta si ese es el hecho: que mujeres como nosotras seamos la minoría. Pero si una sola mujer hubiera tenido esta experiencia, seguiría siendo relevante y debería ser tenida en cuenta.
Todo es historia
Puede que se sientan tentados a descartar todo lo que he presentado aquí con el argumento de que muchos de nuestros problemas ocurrieron hace más de una década y que ahora las cosas son muy diferentes. Tal vez les tranquilice pensar que alguno de los hombres a los que hemos hecho referencia ya no son devotos practicantes. Pero no podemos asegurar honestamente que los «delincuentes» y sus «ofensas» han sido desarraigados de ISKCON.
Sin duda alguna las cosas están cambiando. Si no fuera así, no nos sentiríamos lo suficientemente seguras como para dar estos testimonios. Pero el cambio es un proceso lento y gradual, en el que el progreso se mide en pasos de bebé, no en saltos cuánticos. Les rogamos que no hagan oídos sordos. He decidido deliberadamente no concentrarme en una lista de infracciones actuales de nuestra condición de mujeres. Más bien, quería que vieran el tono de nuestras experiencias para que, de este modo, pudieran empezar a entender quiénes somos ahora, y quizás obtener un vislumbre de cómo podemos avanzar cooperativamente hacia el futuro.
La habilidad de preservar la vida es una cualidad femenina. Esto hace que las mujeres sean las impulsoras ideales para unir a una comunidad y trabajar por el bien común. Las mujeres trabajan en red y necesitan sentir que pertenecen, que forman parte de una familia más grande. A lo largo del tiempo, las mujeres han sido las que han exigido protección para los jóvenes y los menos afortunados. Así que estamos actuando según nuestro rol femenino al tratar de llamar su atención sobre estos temas.
Con nuestro propio esfuerzo podemos hacer algo para sanar estas heridas, pero es mejor aún si nuestros hermanos espirituales hombres nos ayudan. Si ellos nos ayudan a sanar con compasión y fuerza, seremos capaces de recuperar nuestra profunda sabiduría espiritual femenina. Esto será una fuente de gran riqueza no solo para las mujeres, si no también para los hombres. Porque no solo nosotras estamos cansadas de la batalla; los hombres también deben estar sufriendo
¿Un cuento de hadas?
Me gustaría concluir con un cuento inglés del siglo XIV. Se llama “Gawain y Lady Ragnell”, y siento que puede ser instructivo.
Un día, el rey Arturo le dijo a su sobrino, Gawain, que mientras cazaba había sido abordado por un temible caballero. Este caballero había perdonado a Arturo bajo la promesa de que en un año regresaría al mismo lugar. Debía volver desarmado con la respuesta a la pregunta: «¿Qué es lo que más desean las mujeres, por encima de todo?» Si tenía la respuesta correcta su vida sería perdonada.
Durante los siguientes doce meses, Arturo y su sobrino buscaron respuestas en todos los rincones del reino. Pero a Arturo le preocupaba que ninguna respuesta parecía ser la correcta.
Unos días antes de encontrarse con el caballero, Arturo se adentró solo en un robledal. Una mujer enorme y grotesca lo detuvo. Era casi tan ancha como alta, su tez era de color verde con manchas y el cabello que cubría su cabeza se parecía a la maleza. Su rostro parecía más animal que humano. Era Lady Ragnell. Le dijo a Arturo que conocía la respuesta correcta y que se la daría si Gawain se convertía en su esposo.
Arturo se sorprendió e insistió en que no podía entregarle a su sobrino. Pero ella dijo que no le había pedido que le diera el caballero. Su condición era que solo si el propio Gawain aceptaba casarse con ella, ayudaría a Arturo.
Cuando Gawain se enteró de esto, se alegró de poder salvar la vida de su tío. Pero el rey Arturo estaba abatido por el hecho de que su sobrino tuviera que casarse con esa mujer tan fea por su culpa. Sin embargo, Gawain insistió en que era su decisión.
Así que cuando el rey Arturo se encontró por fin con el temible caballero, primero le dijo todas sus otras respuestas, para que Gawain se librara de casarse con Lady Ragnell. Pero justo cuando el caballero levantó su espada para partir en dos a Arturo, este dijo: «Tengo una respuesta más. Lo que una mujer desea por encima de todo es el poder de la soberanía, el derecho a ejercer su propia voluntad». Y así se salvó, porque esa era en verdad la respuesta correcta.
La boda entre Gawain y Lady Ragnell se celebró en medio de un silencio estremecedor e incómodo por parte de los caballeros y las damas de la corte. Cuando en sus propios aposentos, Lady Ragnell pidió a Gawain que la besara, este lo hizo sin reservas. Y allí, fiel a todos los cuentos de hadas, se encontraba ante él una joven esbelta de ojos estrellados y rostro sereno y sonriente. Le dijo que había sido maldecida por su hermano, el temible caballero que Arturo había conocido en el bosque. Solo sería liberada de su condición de criatura monstruosa si el mayor caballero de Gran Bretaña la elegía voluntariamente como esposa.
Gawain le preguntó por qué su hermano la odiaba tanto, y ella le dijo: «Me consideraba atrevida y poco femenina porque le desafiaba. Rechacé sus órdenes tanto para mi propiedad como para mi persona».
Luego añadió que el hechizo solo se había roto parcialmente. Ella dijo: «Puedes elegir, mi querido Gawain, la forma en la que me quede. ¿Quieres tenerme en esta, mi propia forma, por la noche y mi antigua forma fea por el día? ¿O quieres tenerme grotesca por la noche en nuestra habitación, y con mi propia forma en el castillo durante el día? Piénsalo bien antes de elegir».
Gawain pensó por un momento, y finalmente le dijo que era una decisión que él no podía tomar, porque era una elección que solo ella podía hacer. Le dijo que apoyaría de buen grado lo que ella eligiera.
Ragnell estaba radiante, pues su respuesta rompió por completo el maleficio. Ragnell explicó: «Mi hermano dijo que, si mi marido me concedía libremente el poder de elección, el poder de ejercer mi propia voluntad, el malvado encantamiento se rompería para siempre».
Así pues, Lady Ragnell y Gawain se unieron en un matrimonio sagrado de dos iguales que habían hecho una elección libre y consciente de unirse. Ella había sido hechizada por su malvado hermano por hacer valer su voluntad y proteger su sexualidad. El compasivo Gawain le dio la libertad de transformar su desfiguración. Ella tenía la capacidad de salvar al rey, y Gawain la sabiduría de reconocer la soberanía de lo femenino. Juntos encontraron el amor sanador.
Si queremos, esta puede ser la historia de nuestro movimiento Hare Krishna. Hasta ahora puede que solo nos hayan visto como algo grotesco y aterrador. Pero si nos conceden su compasión cambiaremos libremente para ustedes. Podrán percibir nuestra belleza y nuestros dones. Y estaremos agradecidas por habernos salvado del malvado hechizo bajo el que este mundo material nos ha mantenido durante tanto tiempo.
Agradezco a mis hermanas espirituales su consuelo y apoyo en este trabajo, así como sus comentarios y consejos. En particular, me gustaría agradecer a Amekala-devi, Bhogini-devi, Govhardhana-devi, Jagatam-devi, Jaya Radhe-devi, Madhavi-devi, Radha-priya-devi, Sri Kama-devi y a los muchos hermanos espirituales hombres que han sido suficientemente honestos y valientes como para validar y alentarme con amor.

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